
Hoy amigas mías, me vais a permitir que utilice este post para desahogarme. Llevo casi una semana limpia y lo estoy pasando francamente mal. El pasado martes decidí por consejo de un amigo dejar de tomar mis pastillas mágicas. Sí, las mismas que empecé a tomar cuando el gran hijo de pé aquel me dejó. No. No estoy enfadada con él, pero ahora mismo me resulta más fácil descargar mi rabia contra él que contra mí misma, supongo.
“Charlotte, ya hace un año y medio. Ya va siendo hora de pasar página”, me dijo mi amigo. Y a la mañana siguiente no me presenté a mi cita diaria con Mr. Excitalopram. Todo fue bien, hasta el cuarto día en el que empecé a sentirme distinta. Discutí con mi hermana y me sentí muy alterada, tan alterada como me siento ahora. Dios, fue como quitarse un velo de los ojos y ver cómo la realidad me abofeteaba la cara. Mi vida apesta. Mi familia apesta. Mi situación profesional apesta. Mi vida sentimental apesta. ¿Qué leñes estoy haciendo con todo? Y me doy cuenta de que no hay un desencadenante, un culpable a quien señalar. Las cosas éran así ya incluso antes de conocer a Mr.-soy-un-inmaduro-de-mierda (Mr. Big para las entendidas). Las pastillas sólo eran el tapón en la bañera que mantenían mi cuerpo y alma a flote sobre toda esta gran masa de infelicidad. Fue quitarlo y tan rápido como se forma ese bucle de agua tras un baño, mi vida y sus ejes empezaron a enrollarse sobre sí mismos, como un agujero negro cósmico… y por ese pequeño agujero se van diluyendo aquellos días alegres que pasé en el extranjero, el recuerdo de las caras sonrientes de cada una de las personas que fui conociendo en mi camino, la música, los paisajes, las experiencias tristes, las alegres, todo, y con ello, mis ganas de vivir…
Al fin vuelvo a ser yo, la negativa y pesimista Charlotte. Aquella que con sólo 13 años se empezaba a hacer preguntas sobre la muerte y la felicidad. Aquella que cruzaba la calle lentamente e incluso se detenía mirando desafiante a los vehículos con un “atrévete a pisarme”. La misma que se enfadaba consigo misma al llegar al otro extremo de la calle, por no tener las agallas suficientes para acabar con su vida…
Aquella Charlotte era diferente. Estaba sola. No tenía amigos ni nadie que la quisiera. Si Charlotte muriese hoy, mucha gente se entristecería. Puedo ver a mis amigos llorando de la rabia por no poder ayudarme en su tiempo. Sé que hay gente que me aprecia. Gente por la que yo también daría todo. Pero estas personas no estan conmigo, por desgracia. No puedo coger ahora mismo y llamarlas al móvil y tirarme media hora contándoles mi estúpida riña con mi estúpida hermana. No puedo quedar con ellas cada sábado para quitarnos el estrés con un par de cañas y cotilleo vario. Aquellos maravillosos días juntos se terminaron. Y siempre queda el amor, pero no es lo mismo.
Nunca es lo mismo. Para una persona condenada a ser una amargada mental, cualquier pasado siempre será mejor. He llegado a esta conclusión: no hay nada que vaya a hacerme sentir mejor. La clave está en mí misma. Hace poco leí que somos lo que pensamos. Somos esclavos de nuestra mente y si nos sentimos tristes alguna vez es porque queremos. Y así, una vez más, mi estúpida mente ha preferido la autocompansión, la nostalgia, la melancolía, la tristeza…
Lo bueno de la vida y de esta forma que tengo de ser (si hay algo bueno en ella), es que me permite aprender mucho de estas experiencias. Al menos la Charlotte de hoy no piensa en el suicidio como una solución, sino como un fin a su tragicomedia de vida. Al menos hoy sé que la vida una vez tuvo un alto valor por el que merece ser vivida. Una vida por la que seguir adelante. Superar éste y otros baches, o agujeros negros… Nunca se me dio bien la física…
(Escrito bajo los efectos del Síndrome Pre-Menstrual)







Últimos comentarios