Game over…
Muchas veces se ha dicho ya que el amor no es sino un juego. Un juego de guerra, de lucha de poder y orgullo, donde el ganador somete y el perdedor se deja someter. Un juego donde el ganador siempre gana, y el perdedor siempre es infeliz.
Dentro de este gran juego existen muchas variantes, y hace poco me di cuenta de que nunca me enseñaron las reglas de una de ellas: jugar sin enamorarse. ¿Es posible? En los tiempos que vivimos parece lo que se impone: tener sexo sin compromisos, básicamente. Hay quien tiene huevos u ovarios suficientes como para ir más allá y hacer vida de pareja sin compromiso. Vivir juntos sin compromiso. Dormir juntos sin sexo ni compromiso. Ir al baño delante de ti sin compromiso…
Su nombre: Mon Ami. Mi primer “experimento” (por llamarlo de alguna manera) con un hombre más mayor que yo (8 años). Nos conocimos a través del trabajo y lo que parecía una amistad acelerada acabó entre las sábanas de mi minicama. La diferencia básica entre salir con un chico joven y salir con uno mayor es básicamente que se invierten los papeles: tú te conviertes en el macho salido obsesionada con el sexo las 24 horas y él te pone excusas o se hace el loco para no satisfacer tu apetito. El resto es exactamente igual: un niño grande con importante nómina que no sabe qué quiere en la vida pero que tiene muy claro que no quiere compromisos.
Yo acepté jugar a este ridículo y peligroso juego donde la única regla de oro es: PROHIBIDO ENAMORARSE. De hecho, prácticamente yo lo forcé. Creía que podría soportarlo. Pero resulta que tampoco puedo, como tampoco puedo acostarme con el primer payaso que se me planta delante. Mon Ami era todo un caballero, de estos que te invitan a todo, te sacan a cenar, te llevan en taxi, te dejan alojarte en su casa mientras te arreglan una chapuza… Y así en un mes me vi viviendo por primera vez con un individuo del sexo opuesto, cenando juntos, viendo aburridas películas juntos, durmiendo juntos en cama de matrimonio (eso sí, sin sexo…), cepillándonos los dientes juntos, y sí, él haciendo sus necesidades delante de mí (no recomendado para pudorosas extremas como una servidora -el shock todavía me dura-). Hasta en lo de no tener sexo éramos un matrimonio. ¿¡Cómo no confundir las cosas!??
Así cometí el peor error que se puede cometer en este juego. Sí, me enamoré (o algo parecido). Hace tres años y medio que me juré no volver a hacerlo. Pero soy un ser humano débil e idiota. No me gustan las cosas a medias. ¿Puedo vivir en tu casa, ver cómo meas en mis narices, pero no puedo contar contigo en caso de crisis? Lo siento, pero yo cuando me entrego, me entrego 100%. Las niñerías de “no quiero nada serio, sólo relajarme y disfrutar” pasaron de moda en el momento en que cumplí los 18.
Y aquí me hallo, medioenamorada y sufriendo, una vez más. Porque lo peor de este juego es que cuando pierdes y las cosas se ponen feas, no es tan simple como recoger el tablero y largarte a tu casa. No. Te equivocaste y dejaste grietas en los muros de contención. El amor (o los sentimientos) se colaron poco a poco, como una diminuta gotera, y, cuando te quisiste dar cuenta, ya estabas inundada de felicidad. Ahora estás envenenada. Vuelves a sentir el dolor del veneno de la decepción, del desamor o lo que quiera que sea, corriendo dentro de ti. Quisiera gritar y pegar a alguien, pero a la única que puedo culpar es a mí misma. Nunca debí jugar a algo que no me enseñaron: amar a medias.

