El follamigo del siglo XXI

Un año. Un año había pasado desde que un hombre hubiera contemplado mi cuerpo desnudo. Un año sin sentir las yemas de unos dedos ajenos sobre mi estremecida piel. Un año sin sentirme amada, deseada. No entiendo cómo hay mujeres (casi siempre casadas) que se quejan del sexo, ¡si es lo mejor que puede haber en la vida! El sexo te mantiene en forma, tanto física como psíquicamente. Sentir que una es guapa y puede atraer a alguien es más sano para el alma que cualquier chocolate del mundo. Y las mujeres en pareja acaban aborreciéndolo y detestándolo. A mí, el sexo, me ha devuelto a la vida, me ha dado esperanzas.

Y no es que me haya enamorado (qué pena). Realmente no lo busqué a propósito, aunque  cuando mi amigo Mr. G me invitó a pasar unos días en su céntrico apartamento de la capital, me depilé de los pies a la cabeza, sólo por eso, “por si acaso”. La cosa pintaba mal, pues de primeras llegué allí en mis últimos días de la regla (jod*** oportunista) y la verdad, no tenía muy claro si quería acostarme con él -otra vez- (sí, ya habíamos tenido un pequeño roce sexual 12 meses antes cuando Charlotte sacó, lavó y planchó su hábito monjil clausurero).

Siempre me he sentido atraída por este gentil amigo, desde el primer momento que le vi. Pero pronto se convirtió en el “guapete” del grupo. La imagen era la siguiente: todas las féminas a su alrededor alabando constantemente sus ojos, o sus músculos, o su gracia y salero. El caso es que no conozco a ninguna de nosotras que no haya tenido algún tipo de roce con él: un beso robado en mitad de la discoteca, un rollo de una noche en un motel playero, un morreo de película cuando nadie más del grupo miraba… Fuera del grupo, el chico era uno de estos galanes desenfrenados. El pobre tuvo una relación eterna desde el instituto hasta acabar la carrera, de manera que cuando su dueña y señora le quitó el “bocado”, este caballo salvaje comenzó a correr sin dirección ni propósito, llevándose a cualquier damisela guapita por delante. Lo bueno o malo de un follamigo es, por regla general, que ante todo es un amigo, y tanto tú como él sabéis el historial amoroso-sexual del otro. Y no es que Mr. G sea un womanizer de estos que te encuentras en el pub o discoteca de moda, dispuesto a llevar una hembra nueva cada sábado noche a casa. Él es más bien el típico niño guapo que piensa “la vida son dos días, y hay que aprovecharla”, y así, si una amiga o compañera o conocida o amiga de, coincide con él en el lugar, hora y ambiente correctos, es cosa ya de los astros que han montado todo este escenario para que “dos personas jóvenes disfruten de algo tan sano y bueno”. Por supuesto, todo esto siempre sin compromisos. La cosa es tal que, estando sentados con unos amigos suyos en una terracita al agradable fresquito del anochecer capitalino, miré a todas sus otras amigas chicas y me pregunté si se habría cepillado a todas ellas. Poco después, él mismo me lo confirmó.

La verdad es que para mí fue todo un descubrimiento, este nuevo concepto del follamigo. Atrás quedó el típico sms a medianoche (especialmente tras una noche de fiesta), la quedada nocturna y el adiós matutino de “ésta es la última vez”. Este nuevo amigo con derechos es más sutil, más moderno. Sois amigos con confianza (la suficiente como para cambiaros de ropa uno delante del otro, hablar de estreñimiento o reñirle por no acertar en la taza), te paseas en shorts por la misma habitación mientras conversais de aquel tío que te gusta o gustó o de una tipa que le metió mano en mitad de no sé dónde y te pide un beso a mitad de historia, y luego véis porno juntos y elegís las posturas que haréis después (“mira ésta qué guapa”) o te pega un bocao al culo mientras haces la cama que habéis deshecho juntos. ¡Flipante! Vamos, yo estaba descubriendo todo un nuevo mundo a mis ojos. Me dejé llevar… y me gustó.

Lo cierto es que admiro a la gente así. ¿Cómo pueden tener relaciones sexuales a tutiplén sin que se les resbale un solo sentimiento? ¿Se puede tener la sangre tan fría? Lo cierto es que es una postura muy madura, el saber estar con una amiga a la que te puedes tirar cuando ambos queráis, y que no haya problema alguno, ni malentendidos ni mal rollo. ¿Esto es posible? ¡Ajá! He aquí la gran bomba: resulta que éste Don Juan moderno será compañero de piso mío en breves semanas. ¿Qué pasará entonces? Yo creo que el sexo simplemente terminará.

Porque uno puede tirarse a otra persona sin sentir amor mientras no ves su cara todos los santos días de la semana. Pero cuando vas a compartir wáter, cocina y rutina con esa persona, quizá no es lo más conveniente, ¿no creéis? También hay que tener en cuenta a nuestro tercer inquilino, otro amigo en común, que vive ajeno a toda esta realidad paralela que ni yo misma llego a comprender. Pongo mi mano en el fuego de que este “buen rollo sexual” desaparecerá en cuanto entremos por esa puerta. Qué pena para mí y mi cuerpo, con lo fácil que sería tener buen sexo a escasos metros de mi cama…

Ah, pero ya no padezco tanto. Las mini-vacaciones me dieron más regalos de cumpleaños de los que podría esperar, ya que estando allí visité a otro amigo, un auténtico caballero real inglés, Mr. Gentleman. Otro con el que tengo una cuenta (sexual) pendiente desde hace un año. Y es que cuando yo podía, él tenía pareja; y cuando ya estuvo libre, yo decidí enamorarme. Y así fue la historia, que a pesar de que me tiré a casi cada cosa viviente de aquella ciudad lejana en mi fase de Charlotte-putón, a mi Gentleman no le toqué nunca un pelo (estando sobria, quiero decir).

Con este panorama pasamos varios días paseando por la ciudad (como idiotas enamorados), teniendo largas (y a veces aburridas) conversaciones y mirándonos el uno al otro pensando “¿qué estamos haciendo?”. Yo me pregunté más de una vez, por el amor de dios, ¡¿es que nunca va a besarme?! Y sí lo hizo, vaya que si lo hizo. Ése fue mi regalo de despedida, un ‘hasta-pronto’ bien dulce que pone un punto y a parte en esta historia de ‘quiero pero no puedo’. Lo paradójico de todo esto es que, no me gustaron sus besos. Demasiado tierno, demasiado delicado. Yo estaba ya acostumbrada al salvajismo cerril y apasionado de mi follamigo G, como para ponerme en esos momentos a rozarme los labios como si estuviera en el instituto. En ese momento me di cuenta de que todo este tema de los follamigos de “rollo guay” y “aquí no pasa nada por que te sobe mientras buscamos piso juntos” me estaba volviendo loca quizá, trastocando los valores y principios al menos.

Quizá el Gentleman sólo estaba siendo lo que es, un caballero medieval. Quizá haya superado su fase womanizer (que también la tuvo en su día) y esté enamorado de mí (permitidme que me ría aquí y ahora). No, esto último imposible. En cualquier caso, mi mente sucia no toleró aquella escena de película romántico-quinceañera. Yo quería algo más zozobrante, una sacudida que dijera “nena, no puedo darte nada ahora, pero te prometo que merecerá la pena la espera”. Ah, demasiadas películas he visto durante este año de soltería y come-mocos…

Mi amigo G pudo reírse a gusto después con mi historia (sí, por supuesto, le conté que me había besado con el otro chico y a él no sólo no le importó sino que se alegró y pidió más detalles -¿esto es normal?). Llamó tanto su curiosidad que quiso conocerlo en persona, y así fue como acabámos yendo al cine y a cenar a un famoso restaurante del centro los 3: mi follamigo actual, mi follamigo en potencia y una Charlotte que ya ha olvidado a qué huelen los hábitos del celibato. Un poco surreal fue, no vamos a engañarnos. Pero no ocurrió nada extraño (qué pena, otra vez); ni siquiera el trío que uno me sugirió (demasiado para Charlotte, creedme).

El caso es que regresé a casa y puse los pies en la tierra de nuevo, y a pesar de haber tenido las ideas bien claras durante el embriagador viaje, durante un par de días empecé a sentir cómo unos sentimientos (del todo incorrectos) se apoderaban de mi mente desocupada. ¿Amor? ¿Yo, enamorada de mi amigo? NO. Y no lo estoy. Hasta mi subconsciente me dice que no es buen camino: una buena pesadilla irracional por la noche para abrirme bien los ojos. Es curioso como el follamigo tiene las ideas tan claras: te dice cosas tipo “Charlotte, tú eres guapa, simpática, divertida, inteligente, tienes buen cuerpo, eres sexy, tienes que valorarte más y darte cuenta de esto y de que puedes tener a cualquier hombre que desees, que no eres menos merecedora de ser querida, que tú también tienes derecho a ser feliz y lo serás…”. Y tú piensas, “pues si crees eso de verdad y no tienes ningún reparo en acostarte conmigo, ¿a qué esperas?”.

No, no es que yo sea coherente con lo que me han enseñado toda la vida (“amor y sexo van de la mano”). Lo que pasa es que estoy desesperada por que un hombre se enamore de mí y vea todas esas cualidades y quiera hacerme feliz sin miedo al compromiso. Y sobre todo, desesperada por que ese hombre despierte en mí los mismos sentimientos. Lo que pasa es que soy una cría que aún no ha visto mundo y no sabe cómo funcionan las cosas. Hay que modernizarse y dejar los viejos clichés en el pueblo. Lo que pasa es que ese amigo es mucho más maduro que yo y sabe separar la amistad con sexo del amor (si esto es posible).

Parte ironía, parte verdad, veremos cómo se desarrolla esta nueva etapa de mi vida. Adiós, celibato; hola, ¡felicidad!

Advertisement

~ por charlotte86 en agosto 9, 2010.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

 
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.