Charlotte y la sopa boba

El otro día me di cuenta de que la primavera ya había llegado. Y no porque el sol ya caliente mis mejillas, o porque se escuchen más pájaros cantar, o porque haga mejor tiempo y todo el mundo se sienta generalmente más feliz. Si no por la cantidad de parejas que caminan de la mano estos días. No creo que éste sea un efecto del (suso)dicho “la primavera la sangre altera”. En realidad son las parejas que se conocieron en invierno y como el oso, han hibernado en sus casas (camas) hasta que por fin el clima les permite pasear su asquerosa felicidad con recochineo y desvergüenza… Es lógico, creo yo, que el niño que no está en el equipo de fútbol odie a todos sus miembros aunque desee formar parte de él. Así, ahora mismo no puedo más que poner una mueca de asco cada vez que veo a esos idiotas de la mano, besándose en el andén de la estación o sobándose como pervertidos ante la expectación de morbosos abueletes.
Sí, la primavera ya llegó. Y yo no noto ningún efecto por el momento. El año pasado me afectó muchísimo. Recuerdo que me volví loca de repente. La gente pensaba que estaba siempre borracha, pero realmente no hacía falta beber para llegar a aquel estado de frenesí juvenil. Cada “macho” que veía me ponía la cabeza patas arriba (nunca mejor dicho) y enseguida plantaba yo mi caña y cebo dispuesta a cazar las horas que hiciera falta. Fue una primavera muy intensa. Ahora no sé qué me pasa, que sólo veo fracasados en potencia a mi alrededor. Supongo que cuando una mujer se empeña en ver a todos los hombres iguales, los ve.
Quizá tenga que ver que mi último intento de relación -con aquel amigo- fracasara estrepitosamente. ¿Porque te salga uno rana son sapos todos los demás? No lo creo, pero por si las moscas, dejaré correr un tupido velo sobre mis ojos. Ya se acabó “buscar hombre”. ¿Y para qué? me digo yo. Con lo bien que está una sola con sus amistades.
…
Después de mucho pensar, he llegado a la conclusión de que no son los hombres de mi alrededor lo que me amarga, ni siquiera yo misma, es MI ALREDEDOR en sí. ¿La gente leería un blog llamado “love and the village”? Lo dudo. Claro está, ¿cómo voy a encontrar pareja, si quiera gente interesante que conocer, (con)viviendo en un mini-pueblo de 10.000 varones? Serán muchos, pero nada que ver con los millones de hombres que viven en las megápolis. ¿Qué hago yo aquí, muerta del asco y sin ilusiones? Es como tener sobras para comer todos los puñeteros días del año.
El otro día, en una reunión social, coincidimos el famosísimo “hijoputa” (Mr. Big), su nueva conquista de 16 años, la exnovia que tuvo antes de mí y una servidora. En un descuido de mi imaginación pensé que el muy cerdo se había “paseado” entre las piernas de todas nosotras, compartiendo fluídos, intimidad y cosas inmencionables… ¡¡…!! Allí estábamos las tres, suuuper amigas e hipócritas, sonriendo y pensando exactamente lo mismo. Me dio tanto asco que casi pierdo los papeles. No, esto no es para mí. Morir en este pueblucho de mala muerte, comprando el pan y yendo a la peluquería con las putitas del inombrable… No, thank you.
En este pueblo es común emparejarse entre sí, y si no funciona, pues al siguiente. Después de un tiempo, se crea un vínculo invisible entre todos y almenos alguien que conoces se ha acostado con tu actual pareja, y viceversa. Es como si todos fuéramos parte de un gran cocido social. Después de haber pasado dos años fuera, parece que yo también tengo que comer del puchero. Si no te tocan garbanzos, te tocará patata, sino tocino, aunque todo viene del mismo caldo cocinado, recocinado, recalentado y espeso hasta la gelatina. Así de triste y penoso es. Tengo una conocida que le ha tirado los trastos y la casa entera a cada ingrediente (sin éxito). ¿Es qué no hay más platos en la vida? Yo me niego a comerme esta sopa boba de paletos desdentados que corren detrás de un toro y se emborrachan con calimocho en las fiestas patronales. Yo quiero más. Algo ajeno a todo esto.

