La Catarsis de Carrie

Los ojos rojos me gritan toda la rabia que la boca calla. Carrie vuelve a la carga. Allí ante ella, apretujados en un sofá de los pequeños, dudablemente bonitos aunque baratos, se debatían en una discusión dos personas que creía no conocer. Una miraba incrédula a la otra, atontada con su mutis por el foro repentino e inesperado. Nada más lejos de la realidad. Aquella noche hubo vino descafeinado y música de réquiem. Hubo gritos de sorpresa y mentiras que por fin se destapaban. Hubo de todo menos la función programada en cartel desde que despidió al amante hippie en una estación de bus.

Pienso en aquellos momentos como en una obra de teatro en el que todo está listo para la representación, decorados, artistas, luces…y acción ¿…? Sobre las tablas y con luz de protagonista indiscutible el soldadito de plomo y Peter Pan todo en un pack. Un cóctel molotov. Lo mejor de cada casa llevado a tu salón- escenario puede llegar a hacer que por una vez en mucho tiempo pierdas tu porte digno. El queridísimo tonto del culo número 3, venia para despedirse supuestamente con elegancia de mi vida. Eso dictaba su guión en vez de “amour a la belge” como la crítica preveía. Voilà el propósito de su viaje hasta mi nueva ciudad para alzarse con el premio al mayor fantoche en tiempo. A Carrie todo le parecía un fotograma de película mala. Mi otro yo seguía frunciendo los ojos preguntándose cómo salir airosa de la situación.

Las mujeres solemos ser difíciles, pero los amantes franceses lo son más. Sobre todo cuando intentan ser todo lo maduros que nunca antes demostraron ser y hacer las cosas según el guion moral que dicta las tablas de la ley de las relaciones amor odio. Aquella noche sonaba algo así como “deberías ser más fuerte que yo” en la voz de Amy. No había género de duda que aquellas palabras eran lo más cercano a una profecía en la mente de una supersticiosa como Carrie. Altivo y orgulloso de haberse conocido el espécimen en cuestión le había cortejado todo el día, todo el mes, y todo todito todo lo que sus armas a través de la pantalla podían haber sugerido. Al otro lado del ring-sofá se encontraba Carrie o algo así como su alter ego desde el mismísimo momento en que oyó las palabras mágicas. Se acabó. Algo más francés, fácil y chic me esperan en mi majestuoso país de origen, canturreaba impasible.

El tiempo pareció marcar su compás con agujas asesinas. Con escalas desafinadas en la voz del otro. Decididamente aquel discurso de au revoir no sonaba precisamente a música celestial. Nada hacía recordar que aquellos sudores fríos y aquella manta sobre los hombros eran reales. El siguiente paso era reaccionar y meterse de nuevo en la piel de la histérica que una vez fui se decía Carrie. Cuando una es joven, inexperta y pipiola en esto de los Peter Pan aún le pilla de sorpresa semejantes desfachateces y cae en la tentación de creer que el mundo es bueno. Pero pasado el tiempo de aprendizaje, hasta la versión más Candy de Carrie consigue resucitar de la resignación para cantar las cuarenta y la marseilleise si es necesario. Aquella noche, con Amy de fondo dictándome el discurso perfecto y soplándome al oído que aquel no era sino un lady boy en fase patán total, le puse los puntos sobre las iés y sin sordina que valiera a mi tesoro galo. Tanto que le rebajé el ego al altura de sus zapatos grunge y sin betún por aquello de que es moderno y guay. Me siento orgullosa de haberlo hecho. La ocasión lo merecía y un verano de compás de espera era más un calderón abusivo que un silencio de suspense y rigor dramático. El gallito se volvió a las galias sin plumas y sin cacarear. Y mi dignidad volvió a su cauce. Por algo cantamos al principio de los tiempos post-erasmus que nada ni nadie nos iba a parar y que la experiencia esta vez si, nos sirvió de aliado supremo y sublime. La obra de teatro aquella noche no tuve acción que valiese. No la esperada. Carrie reaccionó a tiempo para darse cuenta que aquel sofá y aquella escena no eran sino su propia vida que le pasaba de largo. No hubo escenas de cama. Hubo camas separadas y noche en vela en balde. Manzanas por comer. Desayuno sin diamantes. Eso sí, un paso más en firme, el de ahí te quedas con tu niñez demodé. Yo me voy con la música a otra parte. Sin duda, no a Paris.

~ por carrie85 en diciembre 5, 2008.

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