El mito del príncipe-rana

¿Cuántas veces hará falta equivocarse para aprender la gran lección de nuestra vida? NO EXISTEN LOS PRÍNCIPES AZULES. Carrie tiene mucho que decir al respecto y espero que haga acto de presencia en breve, así que dejaré de lado la nueva filosofía de la “piedad cero” para con los hombres y la reservaré para nuestra amiga. Mientras tanto, me limitaré a ofreceros gustosamente mi último fracaso amoroso-sexual…

A lo largo de estos meses hemos hablado de muchos prototipos de hombre: los PeterPan, los rompecorazones, los Mr Big (me ahorro palabras malsonantes que me puedan censurar), los desperate, los fantasmas… y toda una larga lista infinita de hombres que encontraremos a lo largo de nuestra vida y que todavía están por llegar… Al igual que la Charlotte de Sex and the City, comparto con ella el exceso de ilusión y esa búsqueda continua de mi gran historia de amor de película. Lo quiera o no, busco inconscientemente a mi príncipe azul, aquel que me rescate de mí misma y invite a su mundo de fantasía. Y por eso siempre peco de darlo todo demasiado pronto, ilusa de mí…

Y bien, me pregunto a mí misma, ¿cuántas veces tropiezarás con la misma piedra hasta que aprendas que los principitos azules NO existen?

Así es, como os conté en mi último post, conocí a un chico que me enamoró locamente. Todo encajaba. Guapo, inteligente, simpático, buena persona… Comenzamos a salir y yo solita me empecé a crear mi mundo de fantasía… hasta que llegó una de las pruebas más importantes en una relación: EL SEXO.

Sí, amigas… el sexo es importante, y mucho. Mi principito era… pues eso, como su nombre indica: virgen, lo que nosotras denominamos “un yogurín”. Y yo decidí no darle importancia a este hecho, a pesar de nuestro segundo mandamiento: “yo no doy lecciones a nadie”. Exigente, como debe ser. Opté por “perdonar” este pequeño detalle, porque no quería ser la Charlotte pesimista de siempre. Quería darle una oportunidad a este chico porque de verdad me gustaba. De modo que también le “perdoné” cuando descubrí con gran horror su diminuto pene circunciso… (sin comentarios).

Claro, con Mr Big como referencia, todos los hombres de este planeta tienen las de perder… Pero, por favor, que mi primera experiencia tras mi ruptura fuera así de mala… ¡No tiene nombre! Cerré los ojos, he hice ver que no me importaba tener un “dedo meñique” por amante… Creo firmemente que el tamaño no importa. Es importante, de acuerdo, pero NO lo es todo. La pasión, la química, la confianza y el romanticismo en la cama pueden hacer que olvides los centímetros de más o de menos. Y yo pensé que este chico tendría estas características. Pero, una vez más, me equivoqué…

¿Dónde se ha visto que un hombre no llegué hasta el final en su primera relación sexual? ¿Y en la segunda? ¿Y en la tercera? No, amigas, no. Aquí empecé a preocuparme y de verdad. Por mucho que yo me esforzaba (y creedme cuando digo que de verdad me mataba por hacerle sentir algo al dichoso principito) él ni se inmutaba. Estaba obsesionado con mi cuerpo, con tocarme y mirarme. Nada más. ¿Espíritu voyeur? ¡Quién sabe! Y aún así, VOLVÍ A PERDONAR ESTO.

Ya perdí la cuenta de las cosas que iba “dejando pasar”… hasta que me di cuenta de que mi nuevo “príncipe” ya no me parecía tan “real”… La mágica aureola dorada que yo misma había puesto sobre su cabeza dejaba de brillar por momentos. “Quizás el amor lo salve todo y con el tiempo el sexo mejore” pensé. ERROR. Cinco días después, no tenía noticias de él. ME ESTABA EVITANDO.

Una cateta hubiera callado y seguido su juego. Pero yo no soy así. Me gustan las cosas claras. Y cogí al toro por los cuernos. ¿Qué leches está pasando aquí? Dudas, dudas. Muchas dudas. Demasiadas. Que si no sé si me gustas… Que si no entraba en mis planes enamorarme de ti… Que si quizás no esté hecho para una relación… Que si necesito tiempo para mí mismo… El hecho de que el “sujeto” se presentara en mi habitación, de noche, y borracho hizo que le cogiera más que miedo e incluso asco. Mi cuento de hadas se deshizo. Las 12 campanadas y una calabaza, NO, una rana en lugar de mi ilusorio caballero andante… Mi experiencia y mis más de dos años y medio aguantando a Mr Big dieron la voz de alarma: ATENCIÓN, HUIR.

Y eso hice. Patada en el culo y “bon voyage, mon amour”. Tengo 22 años y una larga vida por delante que no puedo malgastar con un principito que no sabe ni lo que quiere. Si bien podría haberlo conservado como “juguete sexual esporádico”, ni siquiera para eso me servía debido a sus “carencias” físicas y psíquicas… Y no me siento nada cruel porque “perdoné y perdoné” mil y una cosas cuando no debí haber pasado ni una. Y es que, cuando no eres mala, te pasas de tonta. Es muy difícil encontrar el equilibrio entre ambas posturas y por eso siempre acabamos jod*****.

Por suerte o no, me lleva mucho tiempo confiar en la gente, de modo que todavía no me había enamorado lo suficiente de él como para que toda esta historia me afectara. Estoy bien, aunque no puedo evitar sentirme algo estúpida porque una vez más, creí haberLE encontrado y acabé con la cara en el suelo. ¿Ahora qué? Periodo de hibernación, me temo. Necesito reflexionar y gracias a dios todo esto me ha hecho recordar que no debo darlo todo así porque sí. Quizás me venga bien una época de soledad y celibato, aunque miedo me da proponerme esto último: basta con que renuncies al amor para que llame a tu puerta, y casi siempre encuentras un bombón bien envuelto cuyo interior posiblemente acabe decepcionándote por enésima vez…

Paciencia, sí. Pero la justa, recordad.

~ por charlotte86 en octubre 13, 2008.

Una respuesta to “El mito del príncipe-rana”

  1. En efecto los príncipes azules no existen y si hay una versión que más se aproxime a ellos, no se encuentra así como así y si la hubiera encontrado ya estaría casada. No te preocupes amiga únete al club de las mujeres solteras…tiene su punto…eres “femme libérée” y con más posibilidades creeme…

    un beso enorme. te deseo lo mejor

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