Game over…

•diciembre 3, 2011 • Dejar un comentario

Muchas veces se ha dicho ya que el amor no es sino un juego. Un juego de guerra, de lucha de poder y orgullo, donde el ganador somete y el perdedor se deja someter. Un juego donde el ganador siempre gana, y el perdedor siempre es infeliz.

Dentro de este gran juego existen muchas variantes, y hace poco me di cuenta de que nunca me enseñaron las reglas de una de ellas: jugar sin enamorarse. ¿Es posible? En los tiempos que vivimos parece lo que se impone: tener sexo sin compromisos, básicamente. Hay quien tiene huevos u ovarios suficientes como para ir más allá y hacer vida de pareja sin compromiso. Vivir juntos sin compromiso. Dormir juntos sin sexo ni compromiso. Ir al baño delante de ti sin compromiso…

Su nombre: Mon Ami. Mi primer “experimento” (por llamarlo de alguna manera) con un hombre más mayor que yo (8 años). Nos conocimos a través del trabajo y lo que parecía una amistad acelerada acabó entre las sábanas de mi minicama. La diferencia básica entre salir con un chico joven y salir con uno mayor es básicamente que se invierten los papeles: tú te conviertes en el macho salido obsesionada con el sexo las 24 horas y él te pone excusas o se hace el loco para no satisfacer tu apetito. El resto es exactamente igual: un niño grande con importante nómina que no sabe qué quiere en la vida pero que tiene muy claro que no quiere compromisos.

Yo acepté jugar a este ridículo y peligroso juego donde la única regla de oro es: PROHIBIDO ENAMORARSE. De hecho, prácticamente yo lo forcé. Creía que podría soportarlo. Pero resulta que tampoco puedo, como tampoco puedo acostarme con el primer payaso que se me planta delante. Mon Ami era todo un caballero, de estos que te invitan a todo, te sacan a cenar, te llevan en taxi, te dejan alojarte en su casa mientras te arreglan una chapuza… Y así en un mes me vi viviendo por primera vez con un individuo del sexo opuesto, cenando juntos, viendo aburridas películas juntos, durmiendo juntos en cama de matrimonio (eso sí, sin sexo…), cepillándonos los dientes juntos, y sí, él haciendo sus necesidades delante de mí (no recomendado para pudorosas extremas como una servidora -el shock todavía me dura-). Hasta en lo de no tener sexo éramos un matrimonio. ¿¡Cómo no confundir las cosas!??

Así cometí el peor error que se puede cometer en este juego. Sí, me enamoré (o algo parecido). Hace tres años y medio que me juré no volver a hacerlo. Pero soy un ser humano débil e idiota. No me gustan las cosas a medias. ¿Puedo vivir en tu casa, ver cómo meas en mis narices, pero no puedo contar contigo en caso de crisis? Lo siento, pero yo cuando me entrego, me entrego 100%. Las niñerías de “no quiero nada serio, sólo relajarme y disfrutar” pasaron de moda en el momento en que cumplí los 18.

Y aquí me hallo, medioenamorada y sufriendo, una vez más. Porque lo peor de este juego es que cuando pierdes y las cosas se ponen feas, no es tan simple como recoger el tablero y largarte a tu casa. No. Te equivocaste y dejaste grietas en los muros de contención. El amor (o los sentimientos) se colaron poco a poco, como una diminuta gotera, y, cuando te quisiste dar cuenta, ya estabas inundada de felicidad. Ahora estás envenenada. Vuelves a sentir el dolor del veneno de la decepción, del desamor o lo que quiera que sea, corriendo dentro de ti. Quisiera gritar y pegar a alguien, pero a la única que puedo culpar es a mí misma. Nunca debí jugar a algo que no me enseñaron: amar a medias.

La famosa historia del Micropene, o cómo me secuestraron

•enero 24, 2011 • Dejar un comentario

Muy feliz año nuevo, amigas mías. El 2011 llegó a nuestras vidas hace ya casi un mes, y yo ya vengo cargadita de historias que contaros. Historias que, como siempre, son para reírse, para llorar o simplemente para contar algo al mundo, porque merece la pena ser contado.

Dicen que entrar en el nuevo año con buen pie es importante. En realidad no sé si esto es así o la mayoría de personas así lo cree. No sé vosotras, pero en mi caso, no pude empezar el 2011 de una manera peor. Esta ha sido, con diferencia, la peor nochevieja de que haya habido y habrá en mi catálogo de historias para olvidar. Pero antes de que se me olvide, permitidme compartirla con vosotras, porque de todo se aprende en esta vida.

Pues bien, ya os hablé una vez de aquel amigo con el que intenté cruzar la “línea verde” en más de una ocasión. A pesar de nuestros tropiezos, supimos mantener la amistad por encima de todo. El chico está ahora estudiando el extranjero y, en un principio, nos invitó a todo el grupo de amigos a pasar la nochevieja allí, prometiendo que sería inolvidable. Bueno, en eso no se equivocó el muy desgraciado…

Poco después de comprarme los billetes de avión, supe que mis amigos todavía “no sabían nada” de este presunto viaje. Total que cuando fueron a mirar vuelos, estaban ya por las nubes (y perdonad el chiste malo) y ninguno pudo apuntarse. “Geniaaal, sola con mi amigo. Qué pedazo nochevieja nos espera” pensaba con excesivo sarcasmo enfermizo. El chico me dijo que no me preocupara, que allí estarían sus amigos y nos montaríamos una buena fiesta. Y yo accedí, totalmente ajena a la pesadilla que me tenía planeada el destino (o él).

Maldigo la hora en que puse mis pies en aquel avión que me llevó al congelado culo de Europa. La catástrofe estaba anunciada desde hacía días. Estaba tan claro y no hice caso a las señales ni mis propios instintos. Después de haber pasado unas navidades bastante tranquilas e inusualmente felices, me apetecía quedarme más tiempo en casa con los míos. “Pues no vayas si no quieres”, me decía mi querida mamá. Ojalá le hubiera hecho caso. Amigas féminas del mundo entero, esta es la primera lección que he aprendido en el 2011: sigue tus instintos, y si tus instintos te dicen que no quieren irse a un puñetero país en vías de desarrollo con un imbécil prepotente, entonces no vayas.

Demasiado tarde. Yo ya estaba allí, muerta de frío, de hambre, y hasta diría que aterrorizada de ver un país tan feo, tan oscuro y tan triste. Llevábamos ya un par de días juntos y la tensión empezó a hacerse notar. Comenzamos a discutir por cualquier cosa, llevarnos la contraria, sacarle la puntilla a cualquier comentario, etc. Incluso antes de salir de España yo ya estaba hartísima de él y no podía ni verle masticar la comida con su cara deformada y calavérica (nótese el extremo odio y rencor en mis adjetivos).

Me trató fatal. Nunca he visto (y espero no ver) a un hombre pisotear y escupir sobre la palabra “caballerosidad” como mi “amigo” hizo en aquella semana. Me obligó a dormir en un sofá-piedra con el pretexto de “o duermes conmigo en la cama o en el sofá”. Le expliqué lo mejor que supe que no quería meterme en la cama con él. Primero porque no me atrae lo más mínimo. Y segundo porque odio dormir con personas que no me inspiran confianza, porque acabo durmiendo todo el rato hacia el mismo lado y al día siguiente quiero morirme. Tampoco me daba de comer. Esta fue una de las peores partes del viaje, el hambre que pasé. Cuando llegaba el ansiado momento de la ingesta de alimentos, yo devoraba como una vagabunda en un festín. El muy cretino me estaba creando ansiedad por la comida porque dios sabía cuándo volvería a tener oportunidad de llevarme algo a la boca. Entre estos detallazos que tuvo el representante mayor de los mea-caballeros, nos tirábamos horas sin hablarnos porque simplemente no nos aguantábamos. Yo le odiaba por dentro. Sentía ganas de pegarle, de gritarle, insultarle y dios sabe qué más. Me sentía engañada, secuestrada, atrapada, insultada. Si aquello era una venganza porque lo nuestro nunca funcionó, el maldito bastardo se debió quedar bien agusto.

Y bien, vayamos al grano: nochevieja 2010. Antes del viaje, ya le iba preguntando por los planes para esa noche. “No te preocupes de nada. Yo controlo”. ¿Yo controlo? Y TANTO QUE LO HACÍA EL MUY CABRÓN. Presuntamente iríamos a 3 fiestas que organizaban diferentes grupos de amigos suyos. El día 30 ya me dio la primera mala noticia: que cenaríamos en su casa él y yo solos y nos uniríamos a las fiestas después de las campanadas. A mí esto ya me sacó de quicio. ¿POR QUÉ TENÍAMOS QUE CENAR SOLOS ÉL Y YO EN NOCHEVIEJA? ¿Pero este tío qué se pensaba, que éramos una parejita feliz? Pero ahí no acaba la cosa… Hicimos la cena juntos (patética, con ingredientes medio-podridos sacados de la mismísima II Guerra Mundial) y él se encargó de poner la mesa “lindísima”, con velitas incluidas. Yo flipaba. Aprovechaba cuando iba al baño para llorar y desahogarme. Me odiaba a mí misma por haberme hecho pasar la peor nochevieja de mi vida.

Acabadas las campanadas, el patán llamó a sus amigos. No pude escuchar nada, porque el muy lerdo por no saber, no sabe ni hablar inglés. Dudo mucho que aquellos pudieran entender lo que decía. Total, que me empezó a contar la vida con que una fiesta estaba “demasiado lejos, en otro pueblo, y ahora no hay taxis”, que si “es que la otra fiesta ya está acabando porque aquí acaban pronto” (eran las 2 de la mañana). Excusas. Allí estaba yo, divina de la muerte, con mi vestidito, maquillada, lentillas puestas y el poco ánimo que me quedaba, dispuesta a intentar pasar una buena noche al menos. Casi exploto a llorar allí mismo. Encima el muy cínico me decía que esta estaba siendo la mejor de sus nocheviejas. ¡¡PERO CÓMO SE PUEDE SER TAN NECIO!!

Cuando se puso a mirar el Facebook a las 3 de la mañana de una nochevieja, decidí que era hora de emborracharme y olvidar mi patética existencia por unas horas. Y vaya que si lo hice. Cuando quise darme cuenta, allí estaba en plenos preeliminares con el zoquete en persona. ¡¡HORROR!! Pero no. El monstruo de la peli aún no había llegado. Cuando fui a meterle mano a “allí abajo”… ¡quise morirme! No pude pensar en nada, en realidad. Estaba totalmente en shock. ¡El paleto tenía, y no exagero, los testículos más grandes que el propio miembro!!! Encima la cosa ni se le levantaba. Estaba como aturdida. Aún así, como era tan pequeña, le puso un preservativo, que se le caía todo el rato. (Cuando creáis que esta historia está siendo lo suficientemente patética, escapad al siguiente párrafo). Yo no sabía que hacer. En aquel momento se me fue la borrachera, la líbido y hasta la heterosexualidad. ¿Cómo puedo tener tan mala suerte? Mi primera experiencia sexual en meses y ¡¿me sale esto?! Por supuesto, con “aquel panorama” no se podía hacer nada, y a mí ya se me había quitado las ganas de todo. Así que le dije que nanai y que cada cual a dormir a su cama. Él se indignó y hasta dijo algunas groserías porque no quería dormir en su cama abrazaditos. A VER, MICROPENE DE M****A, ¿QUÉ PARTE DE “NO SOMOS PAREJA” NO ENTIENDES?

La mañana siguiente fue como una resaca, pero mental. Quería morirme. Me sentía sucia, manchada, engañada, como violada. El chico me había tendido una clara encerrona desde el principio. Había planeado todo ese viaje rollo pareja feliz y me había invitado engañada. Mujeres y hombres, habré hecho cosas crueles en mi corta vida, pero JAMÁS haría yo una guarrada semejante. “Secuestrar”, porque así me vi yo (atrapada por la nieve en un país tercermundista con este baboso micropenal), a una persona para llevártela al catre. Eso no se hace, NO. Me costó mucho tiempo contar estar historia, aunque, por supuesto, una vez abrí la boca, ya no pude parar de contarla a todos mis amigos (incluidos los comunes entre él y yo). La gente merece saber la verdad sobre este individuo.

Nunca hablamos de lo sucedido. En realidad no hablábamos de nada. Nos tirábamos 4 o 5 horas sin hablarnos. Como ya he dicho, me sentía atrapada en aquel lugar, y mi única obsesión era que pasara el tiempo rápido para poder besar mi patria querida cuanto antes. Tenía hasta pesadillas por la noche. Para acabar de coronarlo todo, estábamos siempre solos, él y yo. No tenía con quién desahogarme y empecé a volverme loca. En aquellos largos periodos sin dirigirnos la palabra, yo discutía con él en mi cabeza. Me imaginaba a mí misma riéndome en su cara de su micro-problema. Me parecía que había descubierto América. POR FIN todo tenía sentido. Su prepotencia y chulería, su falta de personalidad, su inseguridad, su manera de caminar y de comer… ¡Todo es debido a que no tiene pene! Y entonces me hervía la sangre: ¿¿cómo se había atrevido a meterse en la cama conmigo con ESO??? Porque el chico está totalmente negado. No ve que tiene un grave problema. ¡Con razón nunca ha tenido novia en los 8 años que le conozco!

Cuando ya volví a casa, más relajada y contenta, investigué un poco sobre los micropenes. Clínicamente, se considera micropene al que mida menos de 7 cm. Mi apodo no podía haber sido más apropiado. En general, nunca me he fijado en el tamaño. Si bien Mr. Big era un caso especial que dudo que vuelva a encontrar, el resto de mis amantes siempre fueron, pues, “normales”. Incluso los asiáticos estaban bastante bien dotados. Pero lo de este tío no tenía nombre… Además, cuántas veces hemos criticado a esos “super-dotados” que van de chulos por la vida pensando que no hay mujer que se le resista. Pues os digo, amigas, que un “micro-dotado” chulo es mucho peor. ¡El otro al menos tiene motivos reales para chulear!

Obviamente no nos hemos vuelto a hablar. Yo no quise discutir en el viaje mientras dependiera de él que yo volviera a mi deseado país. Me daba miedo que yo afilara mi lengua demasiado y pudiera hasta pegarme. Nunca te puedes fiar de un hombre con claro problemas de autoestima. Es como un perro con miedo, cuya agresividad es impredecible e inminente. Además, me había tratado tan mal que dios sabe de lo que sería capaz…

Pues sí, así fue mi apoteósica entrada en el 2011. Estaba muy preocupada por lo que me pudiera deparar tal desgracia. Por eso me propuse celebrar tantas nocheviejas como fuera necesario para atraer la buena suerte. Y así llevo el mes de enero. Arruinadísima y con resacas dominicales. Pero no me arrepiento de nada. Porque aquel desgraciado me enseñó a valorarme más y la traumática experiencia ha hecho que quiera aprovechar mi vida. Ser feliz y sonreírle a esta mierda de destino que me putea constantemente.

Por un 2011 lleno de risas, alegrías, buenos momentos y muchos gofres de chocolate, aquí termino mi post de hoy. ¡Feliz año nuevo, señoritas!

“Con cinismo desde el infierno”

•noviembre 18, 2010 • 5 comentarios

La situación. Era la una de la mañana y pasaban ya dos horas de mi hora de dormir. El maldito megavideo se ha parado cuando quedaban 10 minutos de capítulo, jodiéndome el único momento del día en el que olvido que soy un ser de carne y hueso con obligaciones. Con mucho desánimo he visto que no hay nadie conectado para charlar, y en ese momento, la gran idea. ¿Por qué no utilizar la contraseña de tu hermana para cotillear cómo le va la vida a Mr. Big? ¿Acaso me importa?, me he auto-contestado. “Bueno, siempre tienes curiosidad. La curiosidad no desaparece nunca”. Maldito lado oscuro el mío… Claro, el resultado de toda esta operación suicida es este: me veo obligada a vomitar mi dolor en alguna parte y este pobre blog resulta ser el recipiente idóneo… Genial, este será otro post dedicado a mi autocompasión, que a nadie le importa.

Bueno, como podréis comprobar, mi vida apesta. No sólo sigo siendo la misma infeliz depresiva que se queja de todo y de nada a la vez. Además me he vuelto una cínica enfermiza. Hace más de 2 años y medio que mi tormentosa relación con Mr. Big terminó. Y lo acepto. Y lo he superado. Y sigo viva. Entonces, ¿a qué viene esto? “Bueno, tal vez tenga ALGO que ver que mientras este hijoputa disfruta del más tierno estado de luna de miel en su nueva relación con una amiga tuya 8 años más joven, tú haces cada día la más loable interpretación para evitar que la gente se dé cuenta de que desde entonces no has sido capaz de mantener una relación, que desde hace un año y medio ningún hombre se ha fijado en ti ni para escupirte a la cara, y que empiezas a dudar ya hasta de tu propia orientación sexual”.

Ejem.

Sí, estoy jodida. Y creo que tengo derecho a reconocerlo, aunque sea clandestinamente en este blog. Estoy hasta los mismísimos de tener que fingir que “todo cool with me“, “sólo soy una soltera moderna que  no quiere ataduras”, que “la vida single mola” y más mierdas del estilo. ¿Qué diablos hay de malo en mí? “Es que piensas demasiado” me dicen los gilipuertas que viven felizmente en su relación. “No te obsesiones, vendrá solo”, los que cada día reciben al menos un beso y un abrazo. Un beso, un abrazo. Yo ya no sé ni qué es eso. El último hombre (borracho) que intentó abrazarme (o eso creo recordar), me hizo huir cual conejo atropellado. ¡Lógico que me resulte antinatural y ajeno algo de lo que me he visto privada en los últimos 30 meses!

Ah, pero no esto no tiene nada que ver con Mr. Big, por favor. Todos mis amantes pasados sin excepción están felizmente enamorados. No sé, supongo que así es como debe ser. La gente conoce a gente, se gustan, se enamoran, y deciden juntarse… Y como en todo, debe de haber gente que sea la excepción. Gente que permanezca sola el resto de sus días… Estoy casi segura de que yo soy una de esta especie. Dadme 4 años más, y no habrá dudas.

Por supuesto, esta clase de ideas no las puedes compartir con nadie. A nadie le gusta sentir pena por ti. Es más, a nadie le importa cómo puedas sentirte. Y aunque pudieran escucharte, ¿crees que te comprenderían? Por favor, ¿hay alguien más en este planeta que haya estado 2 años y medio soltero y no supere los 30 ni pertenezca a ninguna orden religiosa? ¡Eooooo! ¿Hay alguien?? … Sólo una persona así podría entenderme. Y no hay nadie  más, soy así de genuina. Los feos tienen novia. Las gordas tienen novia. Los tipos con los dientes montados, pelo largo, barba grasienta y granos, también tienen pareja. Hasta la gente majareta tiene sus momentos de gloria, ¡por el amor de dios!

Claro está, ahí están los “buenos amigos” para apoyarte, estos que te dicen algo como “ay, pero Charlotte, es que no sales”. Quieres decir que no salgo a discotecas a bailar medio-desnuda esparciendo mis hormonas a tutiplén, ¿verdad?. Porque yo sí que salgo: voy a clase, paseo, voy de compras, a cenar fuera, a tomar un café, a comprar un buen libro… “Es que no te arreglas”. ¿Qué coño significa arreglarse? Porque yo no voy como una marimacho (y sí, esas también tienen pareja), y me mimo bastante: dedico tiempo todos los días a la limpieza exhaustiva de mis dientes, me pongo mil cremas y potingues -que por cierto, no me parece que funcionen en absoluto-, me seco el pelo con esmero aún odiando esos 20 minutos que desperdicio en esa estupidez… ¡Si hasta me he llegado a maquillar para ir a clase!

Pero no funciona. Me da la sensación de que asusto a los hombres. La imagen que tiene la gente de mí es de una vieja  cascarrabias atrapada en el cuerpo de una cría enana. La gente me dice que tengo mucha autoridad cuando hablo, diga lo que diga. A los hombres no les gusta una mujer que imponga de esa manera. Una mujer fuerte, que no tenga miedo a irse al culo del mundo para cumplir un sueño. Una a la que no necesitas proteger porque ella sola se defiende con buenos argumentos. Una mujer a la que no hace falta que expliques nada porque cuando tú has ido, ella ha ido y ha vuelto dos veces… Yo no creo saberlo todo, pero ellos sí. Se creen que soy muy fuerte, que no necesito que me proteja nadie.

Tal vez sean las gafas. Eso será. No les gustan las mujeres con gafotas de secretaria reprimida (y sí, éstas también tienen relaciones).

El físico, la personalidad, que vaya o no medio-desnuda, que baile meneando el culo… Yo creo que nada de esto importa. Debe de haber algo más. Y aquí es cuando los débiles (y creo que estoy en mi derecho de sentirme así) se apoyan en las creencias. Quizá sea mi destino. Algo o alguien no quiere que yo tenga pareja. Igual tiene un destino grandioso esperándome, para el que es mejor no tener ataduras… Tal vez esté pagando por los errores cometidos en la otra vida… O tal vez muera pronto.

Habréis notado que he obviado por completo aquel episodio fugaz de “sexo entre amigos” que tuve este verano. Creo que lo mejor en estos casos es olvidar que nada así ocurrió, y así hago. Por ‘estos casos’ me refiero a cuando alguien se acuesta contigo por pena, por supuesto… Corramos un tupido velo sobre esta experiencia traumática (otra más para mi gran colección) que preferiría no volver a recordar.

Y bien, ahí tengo mi destino: esperar a que un buen amigo sienta pena por mí y decida “hacerme el favor”… Qué triste. No sé si llorar o vomitar.

Creo que es suficiente verborrea cínica para un solo post. Ahora es cuando la poca gente que lo lea me vendrá con comentarios de “me preocupas”, “no te obsesiones”, “no estés triste”, blablabla. Ahorráoslo, por favor. Si la persona que me los dirige es una solterona sin futuro, no rechistaré. Al resto les pido amablemente que se metan la lengua en el culo. Dicho lo cual, yo vuelvo a mi gran disfraz de chica joven con ilusiones y optimismo, no vaya a ser que la gente se entere que soy una infeliz muerta de hambre. Qué hipócrita es la sociedad, por dios. Feliz no creo, pero al menos me acuesto desahogada: Esta noche habré podido llorar a gusto.

El follamigo del siglo XXI

•agosto 9, 2010 • Dejar un comentario

Un año. Un año había pasado desde que un hombre hubiera contemplado mi cuerpo desnudo. Un año sin sentir las yemas de unos dedos ajenos sobre mi estremecida piel. Un año sin sentirme amada, deseada. No entiendo cómo hay mujeres (casi siempre casadas) que se quejan del sexo, ¡si es lo mejor que puede haber en la vida! El sexo te mantiene en forma, tanto física como psíquicamente. Sentir que una es guapa y puede atraer a alguien es más sano para el alma que cualquier chocolate del mundo. Y las mujeres en pareja acaban aborreciéndolo y detestándolo. A mí, el sexo, me ha devuelto a la vida, me ha dado esperanzas.

Y no es que me haya enamorado (qué pena). Realmente no lo busqué a propósito, aunque  cuando mi amigo Mr. G me invitó a pasar unos días en su céntrico apartamento de la capital, me depilé de los pies a la cabeza, sólo por eso, “por si acaso”. La cosa pintaba mal, pues de primeras llegué allí en mis últimos días de la regla (jod*** oportunista) y la verdad, no tenía muy claro si quería acostarme con él -otra vez- (sí, ya habíamos tenido un pequeño roce sexual 12 meses antes cuando Charlotte sacó, lavó y planchó su hábito monjil clausurero).

Siempre me he sentido atraída por este gentil amigo, desde el primer momento que le vi. Pero pronto se convirtió en el “guapete” del grupo. La imagen era la siguiente: todas las féminas a su alrededor alabando constantemente sus ojos, o sus músculos, o su gracia y salero. El caso es que no conozco a ninguna de nosotras que no haya tenido algún tipo de roce con él: un beso robado en mitad de la discoteca, un rollo de una noche en un motel playero, un morreo de película cuando nadie más del grupo miraba… Fuera del grupo, el chico era uno de estos galanes desenfrenados. El pobre tuvo una relación eterna desde el instituto hasta acabar la carrera, de manera que cuando su dueña y señora le quitó el “bocado”, este caballo salvaje comenzó a correr sin dirección ni propósito, llevándose a cualquier damisela guapita por delante. Lo bueno o malo de un follamigo es, por regla general, que ante todo es un amigo, y tanto tú como él sabéis el historial amoroso-sexual del otro. Y no es que Mr. G sea un womanizer de estos que te encuentras en el pub o discoteca de moda, dispuesto a llevar una hembra nueva cada sábado noche a casa. Él es más bien el típico niño guapo que piensa “la vida son dos días, y hay que aprovecharla”, y así, si una amiga o compañera o conocida o amiga de, coincide con él en el lugar, hora y ambiente correctos, es cosa ya de los astros que han montado todo este escenario para que “dos personas jóvenes disfruten de algo tan sano y bueno”. Por supuesto, todo esto siempre sin compromisos. La cosa es tal que, estando sentados con unos amigos suyos en una terracita al agradable fresquito del anochecer capitalino, miré a todas sus otras amigas chicas y me pregunté si se habría cepillado a todas ellas. Poco después, él mismo me lo confirmó.

La verdad es que para mí fue todo un descubrimiento, este nuevo concepto del follamigo. Atrás quedó el típico sms a medianoche (especialmente tras una noche de fiesta), la quedada nocturna y el adiós matutino de “ésta es la última vez”. Este nuevo amigo con derechos es más sutil, más moderno. Sois amigos con confianza (la suficiente como para cambiaros de ropa uno delante del otro, hablar de estreñimiento o reñirle por no acertar en la taza), te paseas en shorts por la misma habitación mientras conversais de aquel tío que te gusta o gustó o de una tipa que le metió mano en mitad de no sé dónde y te pide un beso a mitad de historia, y luego véis porno juntos y elegís las posturas que haréis después (“mira ésta qué guapa”) o te pega un bocao al culo mientras haces la cama que habéis deshecho juntos. ¡Flipante! Vamos, yo estaba descubriendo todo un nuevo mundo a mis ojos. Me dejé llevar… y me gustó.

Lo cierto es que admiro a la gente así. ¿Cómo pueden tener relaciones sexuales a tutiplén sin que se les resbale un solo sentimiento? ¿Se puede tener la sangre tan fría? Lo cierto es que es una postura muy madura, el saber estar con una amiga a la que te puedes tirar cuando ambos queráis, y que no haya problema alguno, ni malentendidos ni mal rollo. ¿Esto es posible? ¡Ajá! He aquí la gran bomba: resulta que éste Don Juan moderno será compañero de piso mío en breves semanas. ¿Qué pasará entonces? Yo creo que el sexo simplemente terminará.

Porque uno puede tirarse a otra persona sin sentir amor mientras no ves su cara todos los santos días de la semana. Pero cuando vas a compartir wáter, cocina y rutina con esa persona, quizá no es lo más conveniente, ¿no creéis? También hay que tener en cuenta a nuestro tercer inquilino, otro amigo en común, que vive ajeno a toda esta realidad paralela que ni yo misma llego a comprender. Pongo mi mano en el fuego de que este “buen rollo sexual” desaparecerá en cuanto entremos por esa puerta. Qué pena para mí y mi cuerpo, con lo fácil que sería tener buen sexo a escasos metros de mi cama…

Ah, pero ya no padezco tanto. Las mini-vacaciones me dieron más regalos de cumpleaños de los que podría esperar, ya que estando allí visité a otro amigo, un auténtico caballero real inglés, Mr. Gentleman. Otro con el que tengo una cuenta (sexual) pendiente desde hace un año. Y es que cuando yo podía, él tenía pareja; y cuando ya estuvo libre, yo decidí enamorarme. Y así fue la historia, que a pesar de que me tiré a casi cada cosa viviente de aquella ciudad lejana en mi fase de Charlotte-putón, a mi Gentleman no le toqué nunca un pelo (estando sobria, quiero decir).

Con este panorama pasamos varios días paseando por la ciudad (como idiotas enamorados), teniendo largas (y a veces aburridas) conversaciones y mirándonos el uno al otro pensando “¿qué estamos haciendo?”. Yo me pregunté más de una vez, por el amor de dios, ¡¿es que nunca va a besarme?! Y sí lo hizo, vaya que si lo hizo. Ése fue mi regalo de despedida, un ‘hasta-pronto’ bien dulce que pone un punto y a parte en esta historia de ‘quiero pero no puedo’. Lo paradójico de todo esto es que, no me gustaron sus besos. Demasiado tierno, demasiado delicado. Yo estaba ya acostumbrada al salvajismo cerril y apasionado de mi follamigo G, como para ponerme en esos momentos a rozarme los labios como si estuviera en el instituto. En ese momento me di cuenta de que todo este tema de los follamigos de “rollo guay” y “aquí no pasa nada por que te sobe mientras buscamos piso juntos” me estaba volviendo loca quizá, trastocando los valores y principios al menos.

Quizá el Gentleman sólo estaba siendo lo que es, un caballero medieval. Quizá haya superado su fase womanizer (que también la tuvo en su día) y esté enamorado de mí (permitidme que me ría aquí y ahora). No, esto último imposible. En cualquier caso, mi mente sucia no toleró aquella escena de película romántico-quinceañera. Yo quería algo más zozobrante, una sacudida que dijera “nena, no puedo darte nada ahora, pero te prometo que merecerá la pena la espera”. Ah, demasiadas películas he visto durante este año de soltería y come-mocos…

Mi amigo G pudo reírse a gusto después con mi historia (sí, por supuesto, le conté que me había besado con el otro chico y a él no sólo no le importó sino que se alegró y pidió más detalles -¿esto es normal?). Llamó tanto su curiosidad que quiso conocerlo en persona, y así fue como acabámos yendo al cine y a cenar a un famoso restaurante del centro los 3: mi follamigo actual, mi follamigo en potencia y una Charlotte que ya ha olvidado a qué huelen los hábitos del celibato. Un poco surreal fue, no vamos a engañarnos. Pero no ocurrió nada extraño (qué pena, otra vez); ni siquiera el trío que uno me sugirió (demasiado para Charlotte, creedme).

El caso es que regresé a casa y puse los pies en la tierra de nuevo, y a pesar de haber tenido las ideas bien claras durante el embriagador viaje, durante un par de días empecé a sentir cómo unos sentimientos (del todo incorrectos) se apoderaban de mi mente desocupada. ¿Amor? ¿Yo, enamorada de mi amigo? NO. Y no lo estoy. Hasta mi subconsciente me dice que no es buen camino: una buena pesadilla irracional por la noche para abrirme bien los ojos. Es curioso como el follamigo tiene las ideas tan claras: te dice cosas tipo “Charlotte, tú eres guapa, simpática, divertida, inteligente, tienes buen cuerpo, eres sexy, tienes que valorarte más y darte cuenta de esto y de que puedes tener a cualquier hombre que desees, que no eres menos merecedora de ser querida, que tú también tienes derecho a ser feliz y lo serás…”. Y tú piensas, “pues si crees eso de verdad y no tienes ningún reparo en acostarte conmigo, ¿a qué esperas?”.

No, no es que yo sea coherente con lo que me han enseñado toda la vida (“amor y sexo van de la mano”). Lo que pasa es que estoy desesperada por que un hombre se enamore de mí y vea todas esas cualidades y quiera hacerme feliz sin miedo al compromiso. Y sobre todo, desesperada por que ese hombre despierte en mí los mismos sentimientos. Lo que pasa es que soy una cría que aún no ha visto mundo y no sabe cómo funcionan las cosas. Hay que modernizarse y dejar los viejos clichés en el pueblo. Lo que pasa es que ese amigo es mucho más maduro que yo y sabe separar la amistad con sexo del amor (si esto es posible).

Parte ironía, parte verdad, veremos cómo se desarrolla esta nueva etapa de mi vida. Adiós, celibato; hola, ¡felicidad!

Charlotte y la sopa boba

•marzo 29, 2010 • Dejar un comentario

El otro día me di cuenta de que la primavera ya había llegado. Y no porque el sol ya caliente mis mejillas, o porque se escuchen más pájaros cantar, o porque haga mejor tiempo y todo el mundo se sienta generalmente más feliz. Si no por la cantidad de parejas que caminan de la mano estos días. No creo que éste sea un efecto del (suso)dicho “la primavera la sangre altera”. En realidad son las parejas que se conocieron en invierno y como el oso, han hibernado en sus casas (camas) hasta que por fin el clima les permite pasear su asquerosa felicidad con recochineo y desvergüenza… Es lógico, creo yo, que el niño que no está en el equipo de fútbol odie a todos sus miembros aunque desee formar parte de él. Así, ahora mismo no puedo más que poner una mueca de asco cada vez que veo a esos idiotas de la mano, besándose en el andén de la estación o sobándose como pervertidos ante la expectación de morbosos abueletes.

Sí, la primavera ya llegó. Y yo no noto ningún efecto por el momento. El año pasado me afectó muchísimo. Recuerdo que me volví loca de repente. La gente pensaba que estaba siempre borracha, pero realmente no hacía falta beber para llegar a aquel estado de frenesí juvenil. Cada “macho” que veía me ponía la cabeza patas arriba (nunca mejor dicho) y enseguida plantaba yo mi caña y cebo dispuesta a cazar las horas que hiciera falta. Fue una primavera muy intensa. Ahora no sé qué me pasa, que sólo veo fracasados en potencia a mi alrededor. Supongo que cuando una mujer se empeña en ver a todos los hombres iguales, los ve.

Quizá tenga que ver que mi último intento de relación -con aquel amigo- fracasara estrepitosamente. ¿Porque te salga uno rana son sapos todos los demás? No lo creo, pero por si las moscas, dejaré correr un tupido velo sobre mis ojos. Ya se acabó “buscar hombre”. ¿Y para qué? me digo yo. Con lo bien que está una sola con sus amistades.

Después de mucho pensar, he llegado a la conclusión de que no son los hombres de mi alrededor lo que me amarga, ni siquiera yo misma, es MI ALREDEDOR en sí. ¿La gente leería un blog llamado “love and the village”?  Lo dudo. Claro está, ¿cómo voy a encontrar pareja, si quiera gente interesante que conocer, (con)viviendo en un mini-pueblo de 10.000 varones? Serán muchos, pero nada que ver con los millones de hombres que viven en las megápolis. ¿Qué hago yo aquí, muerta del asco y sin ilusiones? Es como tener sobras para comer todos los puñeteros días del año.

El otro día, en una reunión social, coincidimos el famosísimo “hijoputa” (Mr. Big), su nueva conquista de 16 años, la exnovia que tuvo antes de mí y una servidora. En un descuido de mi imaginación pensé que el muy cerdo se había “paseado” entre las piernas de todas nosotras, compartiendo fluídos, intimidad y cosas inmencionables… ¡¡…!! Allí estábamos las tres, suuuper amigas e hipócritas, sonriendo y pensando exactamente lo mismo. Me dio tanto asco que casi pierdo los papeles. No, esto no es para mí. Morir en este pueblucho de mala muerte, comprando el pan y yendo a la peluquería con las putitas del inombrable… No, thank you.

En este pueblo es común emparejarse entre sí, y si no funciona, pues al siguiente. Después de un tiempo, se crea un vínculo invisible entre todos y almenos alguien que conoces se ha acostado con tu actual pareja, y viceversa. Es como si todos fuéramos parte de un gran cocido social. Después de haber pasado dos años fuera, parece que yo también tengo que comer del puchero. Si no te tocan garbanzos, te tocará patata, sino tocino, aunque todo viene del mismo caldo cocinado, recocinado, recalentado y espeso hasta la gelatina. Así de triste y penoso es. Tengo una conocida que le ha tirado los trastos y la casa entera a cada ingrediente (sin éxito). ¿Es qué no hay más platos en la vida? Yo me niego a comerme esta sopa boba de paletos desdentados que corren detrás de un toro y se emborrachan con calimocho en las fiestas patronales. Yo quiero más. Algo ajeno a todo esto.

For what it’s worth, it’s never too late

•marzo 21, 2010 • Dejar un comentario

Carrie está de vuelta y viene con tantas noticias a la espalda como cansancio de tanta vuelta por el mundo. Pero empecemos por el principio.

El invierno del 2009 fue descompasado. El espiral de locura no podía dar más de sí. Un invierno de amantes en cadena y de bares donde Carrie se sintió la princesa grunge que tanto clamaba Bruselas. La ciudad del amor no era París, sino Bruselas y con diferencia. No había día de aquel invierno en que mi yo-locura saliera ilesa del antro de perdición que adoptaron como sede oficial de las bacanales. Moneda corriente era enamorarse una y otra vez de extraños bajo la luz de las Dúvel 9% belgas y gritar que, después de los nachos aquel chico al que no veía bien era su delicia favorita…de la semana. Después venían las pizzas y las confesiones y las estafas de los camareros porque no nos teníamos en pie. Y claro los cánticos en homenaje a los caballitos de feria y los deseos frustrados de unas buenas frites que no mataran a mi pobre barriguita.

Carrie también visitó en su periplo de perdición países del este con leyendas de condes y vampiros y volvió sin haber comprendido que pasó del todo.  Aquel querubín en la noche de actos en la casa de los horrores y las ratas no era sino otra zarza en la que por enésima vez caía en la miel del ‘comida para hoy y hambre para mañana’. Después de todas las velas encendidas y los canapés aquí y allá. Después de convertirse a la frialdad más absoluta y tratarlos a todos como decoración que arrojar a los montones de objetos inservibles del mercado de la pulga. Después de optar por huir de nuevo como el viento al que no le gusta quedarse demasiado tiempo quieto, la pobre de Carrie encontró su sitio. Más tarde e inoportuno que nunca. Como debe ser. Aún así, le vino, sin discusión, como agua de mayo. Por fin, cuando ya no podía más con las manos de oro y los me gusta conducir…el buen café y las buenísimas canciones del Velvet Undergroud vino él. Y vino del pasado. Como la canción inacabada. Un suspense de un año mecido por los malentendidos, los galos y los cruasanes del monte sagrado en propias palabras de mi penúltimo tontín. Un año en el que Carrie se dio cuenta de lo que había dejado atrás con tanta confusión y Peter Pan nublándole la vista.

Me siento como si me hubieran pegado un mazazo y me hubiera despertado nueva. En esta vida, los Peter Pan son un sueño del que reírme. Los francesitos, siguen teniendo un maravilloso acento y su español me sigue arrancando lágrimas de lo cómico que puede llegar a ser. Pero aquí, en mi nueva vida hay alguien que verdaderamente come, bebe y sueña en mi mano como dice mi Charlotte.

El paraíso en la tierra por momentos a su lado. No sé qué he hecho yo para merecer tanta felicidad. Tampoco sé lo que hacía antaño para merecer tantos pedruscos en mi camino. Supongo que por puro agotamiento una deja de arrojar piedras preciosas al aire para que los carroñeros las bailen.

Sin duda, siempre supo más un lobo por viejo que por lobo. Y así, fue como Carrie entendió que debía poner un punto y aparte. Y volvió al paraíso inglés. Por eso y porque alguien allí se resistía a acabar la historia con un portazo de taxi con miedo y desconcierto. Sabina es mucho Sabina, pero perdonara el atrevimiento si le digo que a veces es bueno volver al lugar a donde se fue feliz.

Las aventuras del invierno más europeo no se cambian por nada del mundo. Sinceramente fue un tiempo feliz sin pedal de freno. Entendí cuanto amo a mis infantes y mis princesas del mundo de las maravillas hippies bruselinas. Ellos fueron mi talón de Aquiles cuando mi yo no podía más que sentirme salvaje y arrancar la piel a pedazos a todo el que se pusiera por delante. Pero también fueron el amor  no encontrado. Incluso el matrimonio perfecto.  Y por la mañana cuando toda aquella función de teatro de bares polvorientos y fritteries con ópera de fondo era historia, estaban listos para celebrar de nuevo que la vida era bella y que, aun con resaca, correr en el parque era la asignatura obligada del día del señor.  Los bendigo a ellos y a mi querida Charlotte que siempre saben decirme las palabras justas. Los bendigo como hacen mis nuevos conciudadanos que no paran de llamar a Dios como si les fuera a resolver su desastre con patas de país por cantarle una canción de rock espiritual. Eureka, parece que Carrie ha encontrado un poco estabilidad en el caos. Quién sabe si temporal, quien sabe si más allá. El tiempo siempre juzga mejor que nadie. Carpe Diem, señoras.

La delgada línea verde…

•marzo 14, 2010 • 1 comentario

Hace unas tres semanas decidí arrojarme al vacío con los ojos cerrados, otra vez.

En principio, todo parecía correcto. Un amigo muy íntimo en quien confío. Largas horas juntos. Apoyo incondicional. No, no me he vuelto loca. SÉ muy bien que la amistad no es amor. Pero después vinieron los celos… ¿Los celos no son amor? (En realidad, no lo son, pero en fin…). Un día me levanté y me di cuenta de que me sentía atraída por mi amigo. Quería besarle. No. Quería que me besase él. Pero dudaba… Hace medio año, nos ocurrió lo mismo. Intentamos cruzar esa delgada línea verde que separa la buena amistad del amor. Y fracasamos estrepitosamente. ¿Por qué esta vez iba a ser diferente? ¿Por qué decidí tropezar con la misma piedra una vez más? ¿Qué pretendo con todo esto?

Ahora es demasiado tarde. Fuera lo que fuera lo que sentí aquella noche, no lo he vuelto a ver. Ese sentimiento, pensamiento, idea, sueño, ilusión… simplemente no está. Y me levanto cada mañana… y hago mi vida. Estudio, hago planes de futuro, me río, discuto, trabajo… y no pienso en él. Cada día está más claro, que sea lo que sea esto, desde luego NO ES AMOR.

Una vez más, me he vuelto a equivocar… Y una vez más, quien lo paga es otra persona.

Pero siento que no puedo echarme atrás ahora. Esto ya ocurrió en el pasado. Sería doble herida. El chico no es tonto, y siente como ESTO (a lo que no me atrevo a poner nombre) no funciona “como debería”. “Soy una persona muy rara” le digo. Pero sé que no es suficiente. Por otra parte, en 6 meses él se va al extranjero. No hemos hablado de ello pero tengo muy claro que NO llevaré una relación a distancia n u n c a  m á s. A veces se me ocurre la horrible idea de “aguantar” estos 6 meses. Intentar hacerle feliz y darle lo mejor que tenga de mí.

Sin embargo, ya me veo limitada. Existen cosas que no puedo darle. Mi cuerpo, por ejemplo. Me siento totalmente incapaz de acostarme con este amigo. A veces hasta intento evitar una cita por miedo al momento-despedida. Cuando nos besamos y él se queda esperando un “¿quieres subir?” que nunca llega. Su cara de decepción. Yo bajo la cabeza e intento disimular con algún comentario gracioso. “Algún día tendrás que darle sexo, Charlotte”.

Ya no sólo es el sexo. Me preocupa no poder darle una relación completa. No puedo (no quiero) dedicarme en cuerpo y alma a esto. No me nace (no lo siento). Como he dicho, él está ahí y yo aquí, y la vida continúa. No puedo ser cariñosa, mimosa, detallista. Dios, yo tenía tanto amor que dar. ¿A dónde ha ido? Me pregunto hasta cuándo podré aguantar todo este patético teatro. ¿Seré capaz de amar a medias? ¿Yo, que siempre lo he dado todo hasta el punto de quemarme? ¿Yo, que soy fiel al amor desbordante que te hace perder el juicio? Me he vuelto de hielo, tan fría como el acero. Por mis venas no corre nada más que recuerdos de un pasado que nunca volverá (Yogui…). Siento que es hora de pasar página, seguir mi camino, dondequiera que lleve. La pregunta es si éstas son las formas correctas…

Lo único que me queda claro es el daño que le haré a mi amigo. Una vez más, vuelvo a equivocarme de persona, de momento, de lugar… Creo que va llegando el momento de poner remedio. “Un poco más, un poco más” dice mi cobarde interior. Y nada de esto ayuda a subir mi autoestima deprimida desde hace meses…

“No te reconozco, Charlotte. ¿Dónde estan tus principios? ¿Tus ilusiones?”

Los agujeros negros de una yonki… de la felicidad

•enero 31, 2010 • 2 comentarios

Hoy amigas mías, me vais a permitir que utilice este post para desahogarme. Llevo casi una semana limpia y lo estoy pasando francamente mal. El pasado martes decidí por consejo de un amigo dejar de tomar mis pastillas mágicas. Sí, las mismas que empecé a tomar cuando el gran hijo de pé aquel me dejó. No. No estoy enfadada con él, pero ahora mismo me resulta más fácil descargar mi rabia contra él que contra mí misma, supongo.

“Charlotte, ya hace un año y medio. Ya va siendo hora de pasar página”, me dijo mi amigo. Y a la mañana siguiente no me presenté a mi cita diaria con Mr. Excitalopram. Todo fue bien, hasta el cuarto día en el que empecé a sentirme distinta. Discutí con mi hermana y me sentí muy alterada, tan alterada como me siento ahora. Dios, fue como quitarse un velo de los ojos y ver cómo la realidad me abofeteaba la cara. Mi vida apesta. Mi familia apesta. Mi situación profesional apesta. Mi vida sentimental apesta. ¿Qué leñes estoy haciendo con todo? Y me doy cuenta de que no hay un desencadenante, un culpable a quien señalar. Las cosas éran así ya incluso antes de conocer a Mr.-soy-un-inmaduro-de-mierda (Mr. Big para las entendidas). Las pastillas sólo eran el tapón en la bañera que mantenían mi cuerpo y alma a flote sobre toda esta gran masa de infelicidad. Fue quitarlo y tan rápido como se forma ese bucle de agua tras un baño, mi vida y sus ejes empezaron a enrollarse sobre sí mismos, como un agujero negro cósmico… y por ese pequeño agujero se van diluyendo aquellos días alegres que pasé en el extranjero, el recuerdo de las caras sonrientes de cada una de las personas que fui conociendo en mi camino, la música, los paisajes, las experiencias tristes, las alegres, todo, y con ello, mis ganas de vivir…

Al fin vuelvo a ser yo, la negativa y pesimista Charlotte. Aquella que con sólo 13 años se empezaba a hacer preguntas sobre la muerte y la felicidad. Aquella que cruzaba la calle lentamente e incluso se detenía mirando desafiante a los vehículos con un “atrévete a pisarme”. La misma que se enfadaba consigo misma al llegar al otro extremo de la calle, por no tener las agallas suficientes para acabar con su vida…

Aquella Charlotte era diferente. Estaba sola. No tenía amigos ni nadie que la quisiera. Si Charlotte muriese hoy, mucha gente se entristecería. Puedo ver a mis amigos llorando de la rabia por no poder ayudarme en su tiempo. Sé que hay gente que me aprecia. Gente por la que yo también daría todo. Pero estas personas no estan conmigo, por desgracia. No puedo coger ahora mismo y llamarlas al móvil y tirarme media hora contándoles mi estúpida riña con mi estúpida hermana. No puedo quedar con ellas cada sábado para quitarnos el estrés con un par de cañas y cotilleo vario. Aquellos maravillosos días juntos se terminaron. Y siempre queda el amor, pero no es lo mismo.

Nunca es lo mismo. Para una persona condenada a ser una amargada mental, cualquier pasado siempre será mejor. He llegado a esta conclusión: no hay nada que vaya a hacerme sentir mejor. La clave está en mí misma. Hace poco leí que somos lo que pensamos. Somos esclavos de nuestra mente y si nos sentimos tristes alguna vez es porque queremos. Y así, una vez más, mi estúpida mente ha preferido la autocompansión, la nostalgia, la melancolía, la tristeza…

Lo bueno de la vida y de esta forma que tengo de ser (si hay algo bueno en ella), es que me permite aprender mucho de estas experiencias. Al menos la Charlotte de hoy no piensa en el suicidio como una solución, sino como un fin a su tragicomedia de vida. Al menos hoy sé que la vida una vez tuvo un alto valor por el que merece ser vivida. Una vida por la que seguir adelante. Superar éste y otros baches, o agujeros negros… Nunca se me dio bien la física…

(Escrito bajo los efectos del Síndrome Pre-Menstrual)

Charlotte y la falta de sexo

•enero 24, 2010 • 2 comentarios

Seis meses. Seis meses desde la última vez. He olvidado ya lo que es un abrazo, un beso, una caricia en el cuello. Despertarse por la mañana y tener ese extraño sentimiento de que hay otra persona en el mundo que se despierta contigo. Unos labios ajenos sobre los tuyos, o mejor, sobre tu cuerpo. Seis meses es mucho tiempo. Hace ya tiempo que empecé a preocuparme por esta nueva fase de mi vida: la abstinencia, la soltería, el celibato o como queráis llamarlo.

Mis amigas me dicen que es bueno estar sola, dedicarse tiempo a una misma, ser un poquito egoísta y disfrutar de la vida.  Su consuelo es que algún día el amor llamará a mi puerta otra vez y volveré a ser feliz. Todas ellas tienen ya pareja, por supuesto, y estan en vistas de casarse/juntarse en breve. Supongo que la vida se ve de otro color cuando la miras desde el barco grande y bonito. A tal extremo está llegando esta situación que ya divido a la gente según su condición personal: aparejados, semi-casados, en proceso de despecho, y solterones. En el último reino yo.

Hasta ahora lo he sabido llevar con dignidad. Desde aquella mañana intensa en la que me despedí de mi oso Yogui no he vuelto a enamorarme de nadie más. Un amigo cayó por casualidad en un colchón de hostal veraniego, y otro amigo intentó crear algo de donde no había. Pero nada. Nada me conmueve. ¿Qué ha sido de aquella Charlotte guerrera que quería comerse el mundo (“y unas cuantas…” diría alguna mala lengua)? Ni siquiera he extrañado el sexo en todo este tiempo. No ha sido hasta estos últimos días en los que he empezado a reflexionar que me he planteado que quizá tenga un problema.

¿La falta de sexo es un problema? Desde luego no es un problema, al menos para una mujer. Realmente hace ya tanto tiempo que no experimento lo que es estar desnuda delante de otra persona que ni lo recuerdo. Y no puedes echar de menos algo que no recuerdas, ¿verdad? Por supuesto, añoro a mi querido oso, pero no hay remedio para eso. Otras veces me obsesiona la idea de que esta abstinencia podría tener efectos secundarios. ¿Se me puede olvidar hacerlo de no-hacerlo?

Hace unas semanas fui al ginecólogo y entonces me di cuenta de todo, porque tuve que depilarme. Llevaba meses sin hacerlo y mi hermana me riñó por descuidarme tanto. “¿Y para qué me voy a depilar si nadie va a mirar ahí abajo?” pensé. Y eso, y el dolor del maldito “pato”, me descubrieron una nueva verdad: es posible que me esté revirginizando. Reíros, reíros, pero yo lo así lo creo. Ya no sólo por la posibilidad remota de que mi “cosita” se haga cada día más pequeña por la falta de costumbre… Si no por el pudor, la vergüenza, la falta de práctica, y todos estos miedos y pánicos que me están naciendo hacia el sexo. Suena tan mal como es: me veo incapaz de abrirme de piernas tal cual delante de nadie.

Algunos amigos bromean y me dicen que “estoy desesperada”. Yo de momento no me veo tan necesitada, pero me da miedo llegar tan bajo. El otro día una amiga me recomendó salir de fiesta “sólo-chicas” y pescar carne fresca. ¿Tú crees? le dije. ¿Acostarme con el primer inútil que me sonría en una discoteca va a solucionar mis problemas afectivos? ¿Me voy a sentir más feliz a la mañana siguiente cuando despierte delante de un don-nadie oliendo a ron con cola?

Yo creo que no. Creo que lo que necesito no es SEXO, sino AMOR. Como el viejo programa, necesito enamorarme. Ganas no me faltan. Extraño tanto el abrazar, besar y mimar a otra persona que hasta los demás lo notan. Mi hermana me llama “pesada” cuando la intento abrazar por las mañanas. Dice que me estoy volviendo “cursi”. Y yo me acuerdo de aquel poema de Pedro Salinas en el que se declaraba un ENAMORADO DEL AMOR. Yo, como él, no anhelo a una persona en concreto sino al hecho de estar enamorada de alguien. Y creedme, por muy romántica que pueda pareceros la idea, es muy frustrante tener todo un nido preparado para incubar algo que nunca llega. Además se corre el riesgo de la equivocación. Cuando alguien busca algo, lo encuentra, pero defectuoso. El amor no se busca. El amor te descubre sin quererlo. Un día te levantas sin saber que acabarás enamorada. Es así de simple e imposible.

Y ahora que empiezo a impacientarme con esto, peor me siento. Porque cuanto más piense en ello más tardará en llegar mi historia anhelada. No quiero acabar en los brazos de otro indeseable que me ofrezca su vacía virilidad. Quiero a alguien que me haga extremecer. Una persona de la que aprender cada día. Algo nuevo, fresco, excitante, fuera de lo común. Y quiero que él me encuentre, no yo a él.

Mientras tanto seguiré bajando la cabeza cada vez que subo al ascensor con un hombre, no vaya a ser que me guste y la caguemos. Y por si acaso, iré mirando plazas libres en el convento del pueblo de al lado… Que dios me ampare en su paraíso de solteronas amargadas… Amén.

¿Qué queda cuando se acaba el amor?

•agosto 17, 2009 • Dejar un comentario

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Esta es una pregunta que llevo tiempo queriendo contestar. Cuando el amor se acaba entre dos personas, ¿qué deja tras de sí? Melancolía, odio, rabia, dolor, madurez, depresión, soledad, ¿amistad?… Supongo que es algo en lo que cada cual puede aportar su propia experiencia. Últimamente he estado pensando bastante en Mr Big y en cómo nuestra relación empezó y… terminó.

Es curioso que no importa cuánto tiempo pase, hay heridas que nunca cicatrizan del todo. El otro día, por descuido de mi desastrosa hermana, pude entrar en su cuenta de la red social Tuenti (que yo misma borré para evitar espiarle) y ver las últimas novedades del asqueroso baboso de mi ex-pareja. Sabía que estaba mal, pero continué cliqueando en cada fotografía, en cada comentario, en cada detalle ávida de curiosidad y morbo… Poco a poco esta curiosidad fue convirtiéndose en pequeños alfileres que acabaron golpeando y magullando mi pecho hasta el punto de no poder respirar. ¿Qué es esto? ¿Acaso no lo he superado aún? Por supuesto, cualquiera me dirá que soy una masoquista y que quién me mandaba a mí meter las narices dónde no me llaman… Pero algunos psicólogos dicen que la única manera de enfrentarse a tus “fantasmas” del pasado es enfrentándote a ellos. Si eres capaz de pasar por al lado de tu ex y no sentir nada (o como mínimo, no alterarte), significa que la cosa está superada y que tienes un aprobado en tu “terapia de despecho”. Según esto, yo suspendí con creces mi despecho con Mr Big, pues no he parado de tener pesadillas con él desde aquella maldita tarde de curiosidad…

Y no es que sienta nada por él. No me planteo ni por casualidad el volver con él. No lo haría. Sé muy bien que ese pseudo-hombre no me gusta. Una cosa es perdonar el mal hecho y otra muy distinta ser estúpida y caer en la misma trampa dos veces… Pero aunque sólo fuera por curiosidad (de nuevo, ¡maldita costumbre la mía!), a veces me gustaría sentarme delante de Mr Big y preguntarle claramente qué piensa de todo. ¿Alguna vez te acuerdas de mí? Y cuando lo haces, ¿cómo te sientes? ¿Tú también sientes esa mezcla de nostalgia y alivio? ¿Alguna vez me echas de menos? ¿Alguna vez te has preguntado qué hubiera pasado si…? Supongo que acabaría interrogándole hasta el último rincón de su ser… por simple curiosidad. No porque quiera volver con él, sino porque tengo curiosidad. Me gustaría saber hasta qué punto sentimos las rupturas los hombres y las mujeres. ¿Las sentimos de diferente manera?

El modelo de Mr Big no me sirve. En aquellas fotos parecía que había cogido peso (al fin). Tenía más músculos, se ha quitado sus gafas (que tanta personalidad le daban) y se ha dejado barba. Parece que haya crecido algo… por fuera. Pero cada palabra y sobre todo, cada acción que hace siguen reflejando al mismo cretino inmaduro que un día me hundió la existencia. De entre sus muchas últimas hazañas, ahora le ha dado por la pederastia. Sí, sale con niñas. Y no me refiero a chicas de 18 para un “señorito” de 20 como es él. No… Se va de discotecas (y qué antros, amigas…) con niñas nada más y nada menos que de 15 años… ¡Y me llamaban a mí “asalta-cunas”! Resulta muy patético, pero corres ya a vomitar cuando te paras a leer las chorradas que se mandan entre ellos y cómo las va mareando a su antojo de cualquier manera. Sí, estáis en lo cierto: la imagen que tengo ahora mismo de él… deja muuuuuuuucho que desear. A veces siento hasta lástima por él y en la clase de individuo en la que se ha convertido. Ahora, eso sí, tengo la conciencia bien tranquila, pues sé que no tengo nada que ver en esa degeneración suya…

Ya que yo, duela o no, no pinto nada en su miserable vida. Ni lo pinto ahora ni lo he pintado nunca. Y las cosas como son. A veces cometo otro error de hablarle por chat para saber de su vida -¿no se SUPONE que somos AMIGOS?. Apenas consigo arrancarle monosílabos y el muy desgraciado no muestra EL MÁS MÍNIMO interés en mi vida. Jamás pregunta por mí, por cómo me está yendo o cómo me ha ido. Nada. Hombres del mundo,  habladme por favor, ¿alguien puede explicarme esto? ¿Es normal para el género masculino ser así de arrogante, egocéntrico y despreciable con otra persona que sabes que tiene cierta estima por ti, aunque sólo sea por respeto? Pero, a fin de cuentas, estamos hablando de Mr Big. No elegimos ese nombre para él por sus “tributos” naturales por mucho que él vaya fardando de sí mismo (¡otro defecto!)… Mr Big es así, insolente, egoísta, inmaduro e interesado. Va con todos y está solo; eres su amigo pero le importas un bledo; eres “su chica” pero le toca el culo aquella, se hace fotos besándose con tías y tíos de cualquier discoteca y las cuelga en internet para que todos gocen de sus “hazañas” (orangutanes…) y le dice ‘te quiero’ a todas sus (ahora pequeñas) amiguitas que pocas no son…

Aquí es cuando una suspira… ¡pero de alivio!

Sí, reíros pequeñas zorrillas con minifalda y de bello púbico inexistente… He aquí mi advertencia:

Ahora es vuestro principito azul y os hace soñar con arcoiris y dioses-Pingüino que conceden deseos, os sonríe, os abraza, os besa y no quiero pensar qué más (depravado)… Pero algún día os enamoraréis de él y os calará bien adentro. Buscaréis una respuesta por su parte. Querréis retenerlo a vuestro lado… Y eso, no será posible… Quizá cambie con el tiempo, pero siento descubriros que mi (vuestro) Mr Big no es un hombre completo. Le falta lo más importante en un ser vivo: la capacidad de amar a otro ser. Y espero que no sea así, pero jamás podrá llenaros al 100% ni responderos con los mismos sentimientos…

Decidme, amigas mías, ¿cuántas entradas más he de malgastar en este cretino sin moral? Ojalá algún día alguien me mencione su nombre y me eche a reír sin más. La diferencia entre la Charlotte de hace un año y la de ahora es que ahora sé que ese día llegará, tarde o temprano. Algún día, este vacío que él me dejó será rellenado… de muy buenas experiencias, nuevas aventuras que disfrutar al lado de un hombre de verdad, un hombre completo.

 
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