
Muy feliz año nuevo, amigas mías. El 2011 llegó a nuestras vidas hace ya casi un mes, y yo ya vengo cargadita de historias que contaros. Historias que, como siempre, son para reírse, para llorar o simplemente para contar algo al mundo, porque merece la pena ser contado.
Dicen que entrar en el nuevo año con buen pie es importante. En realidad no sé si esto es así o la mayoría de personas así lo cree. No sé vosotras, pero en mi caso, no pude empezar el 2011 de una manera peor. Esta ha sido, con diferencia, la peor nochevieja de que haya habido y habrá en mi catálogo de historias para olvidar. Pero antes de que se me olvide, permitidme compartirla con vosotras, porque de todo se aprende en esta vida.
Pues bien, ya os hablé una vez de aquel amigo con el que intenté cruzar la “línea verde” en más de una ocasión. A pesar de nuestros tropiezos, supimos mantener la amistad por encima de todo. El chico está ahora estudiando el extranjero y, en un principio, nos invitó a todo el grupo de amigos a pasar la nochevieja allí, prometiendo que sería inolvidable. Bueno, en eso no se equivocó el muy desgraciado…
Poco después de comprarme los billetes de avión, supe que mis amigos todavía “no sabían nada” de este presunto viaje. Total que cuando fueron a mirar vuelos, estaban ya por las nubes (y perdonad el chiste malo) y ninguno pudo apuntarse. “Geniaaal, sola con mi amigo. Qué pedazo nochevieja nos espera” pensaba con excesivo sarcasmo enfermizo. El chico me dijo que no me preocupara, que allí estarían sus amigos y nos montaríamos una buena fiesta. Y yo accedí, totalmente ajena a la pesadilla que me tenía planeada el destino (o él).
Maldigo la hora en que puse mis pies en aquel avión que me llevó al congelado culo de Europa. La catástrofe estaba anunciada desde hacía días. Estaba tan claro y no hice caso a las señales ni mis propios instintos. Después de haber pasado unas navidades bastante tranquilas e inusualmente felices, me apetecía quedarme más tiempo en casa con los míos. “Pues no vayas si no quieres”, me decía mi querida mamá. Ojalá le hubiera hecho caso. Amigas féminas del mundo entero, esta es la primera lección que he aprendido en el 2011: sigue tus instintos, y si tus instintos te dicen que no quieren irse a un puñetero país en vías de desarrollo con un imbécil prepotente, entonces no vayas.
Demasiado tarde. Yo ya estaba allí, muerta de frío, de hambre, y hasta diría que aterrorizada de ver un país tan feo, tan oscuro y tan triste. Llevábamos ya un par de días juntos y la tensión empezó a hacerse notar. Comenzamos a discutir por cualquier cosa, llevarnos la contraria, sacarle la puntilla a cualquier comentario, etc. Incluso antes de salir de España yo ya estaba hartísima de él y no podía ni verle masticar la comida con su cara deformada y calavérica (nótese el extremo odio y rencor en mis adjetivos).
Me trató fatal. Nunca he visto (y espero no ver) a un hombre pisotear y escupir sobre la palabra “caballerosidad” como mi “amigo” hizo en aquella semana. Me obligó a dormir en un sofá-piedra con el pretexto de “o duermes conmigo en la cama o en el sofá”. Le expliqué lo mejor que supe que no quería meterme en la cama con él. Primero porque no me atrae lo más mínimo. Y segundo porque odio dormir con personas que no me inspiran confianza, porque acabo durmiendo todo el rato hacia el mismo lado y al día siguiente quiero morirme. Tampoco me daba de comer. Esta fue una de las peores partes del viaje, el hambre que pasé. Cuando llegaba el ansiado momento de la ingesta de alimentos, yo devoraba como una vagabunda en un festín. El muy cretino me estaba creando ansiedad por la comida porque dios sabía cuándo volvería a tener oportunidad de llevarme algo a la boca. Entre estos detallazos que tuvo el representante mayor de los mea-caballeros, nos tirábamos horas sin hablarnos porque simplemente no nos aguantábamos. Yo le odiaba por dentro. Sentía ganas de pegarle, de gritarle, insultarle y dios sabe qué más. Me sentía engañada, secuestrada, atrapada, insultada. Si aquello era una venganza porque lo nuestro nunca funcionó, el maldito bastardo se debió quedar bien agusto.
Y bien, vayamos al grano: nochevieja 2010. Antes del viaje, ya le iba preguntando por los planes para esa noche. “No te preocupes de nada. Yo controlo”. ¿Yo controlo? Y TANTO QUE LO HACÍA EL MUY CABRÓN. Presuntamente iríamos a 3 fiestas que organizaban diferentes grupos de amigos suyos. El día 30 ya me dio la primera mala noticia: que cenaríamos en su casa él y yo solos y nos uniríamos a las fiestas después de las campanadas. A mí esto ya me sacó de quicio. ¿POR QUÉ TENÍAMOS QUE CENAR SOLOS ÉL Y YO EN NOCHEVIEJA? ¿Pero este tío qué se pensaba, que éramos una parejita feliz? Pero ahí no acaba la cosa… Hicimos la cena juntos (patética, con ingredientes medio-podridos sacados de la mismísima II Guerra Mundial) y él se encargó de poner la mesa “lindísima”, con velitas incluidas. Yo flipaba. Aprovechaba cuando iba al baño para llorar y desahogarme. Me odiaba a mí misma por haberme hecho pasar la peor nochevieja de mi vida.
Acabadas las campanadas, el patán llamó a sus amigos. No pude escuchar nada, porque el muy lerdo por no saber, no sabe ni hablar inglés. Dudo mucho que aquellos pudieran entender lo que decía. Total, que me empezó a contar la vida con que una fiesta estaba “demasiado lejos, en otro pueblo, y ahora no hay taxis”, que si “es que la otra fiesta ya está acabando porque aquí acaban pronto” (eran las 2 de la mañana). Excusas. Allí estaba yo, divina de la muerte, con mi vestidito, maquillada, lentillas puestas y el poco ánimo que me quedaba, dispuesta a intentar pasar una buena noche al menos. Casi exploto a llorar allí mismo. Encima el muy cínico me decía que esta estaba siendo la mejor de sus nocheviejas. ¡¡PERO CÓMO SE PUEDE SER TAN NECIO!!
Cuando se puso a mirar el Facebook a las 3 de la mañana de una nochevieja, decidí que era hora de emborracharme y olvidar mi patética existencia por unas horas. Y vaya que si lo hice. Cuando quise darme cuenta, allí estaba en plenos preeliminares con el zoquete en persona. ¡¡HORROR!! Pero no. El monstruo de la peli aún no había llegado. Cuando fui a meterle mano a “allí abajo”… ¡quise morirme! No pude pensar en nada, en realidad. Estaba totalmente en shock. ¡El paleto tenía, y no exagero, los testículos más grandes que el propio miembro!!! Encima la cosa ni se le levantaba. Estaba como aturdida. Aún así, como era tan pequeña, le puso un preservativo, que se le caía todo el rato. (Cuando creáis que esta historia está siendo lo suficientemente patética, escapad al siguiente párrafo). Yo no sabía que hacer. En aquel momento se me fue la borrachera, la líbido y hasta la heterosexualidad. ¿Cómo puedo tener tan mala suerte? Mi primera experiencia sexual en meses y ¡¿me sale esto?! Por supuesto, con “aquel panorama” no se podía hacer nada, y a mí ya se me había quitado las ganas de todo. Así que le dije que nanai y que cada cual a dormir a su cama. Él se indignó y hasta dijo algunas groserías porque no quería dormir en su cama abrazaditos. A VER, MICROPENE DE M****A, ¿QUÉ PARTE DE “NO SOMOS PAREJA” NO ENTIENDES?
La mañana siguiente fue como una resaca, pero mental. Quería morirme. Me sentía sucia, manchada, engañada, como violada. El chico me había tendido una clara encerrona desde el principio. Había planeado todo ese viaje rollo pareja feliz y me había invitado engañada. Mujeres y hombres, habré hecho cosas crueles en mi corta vida, pero JAMÁS haría yo una guarrada semejante. “Secuestrar”, porque así me vi yo (atrapada por la nieve en un país tercermundista con este baboso micropenal), a una persona para llevártela al catre. Eso no se hace, NO. Me costó mucho tiempo contar estar historia, aunque, por supuesto, una vez abrí la boca, ya no pude parar de contarla a todos mis amigos (incluidos los comunes entre él y yo). La gente merece saber la verdad sobre este individuo.
Nunca hablamos de lo sucedido. En realidad no hablábamos de nada. Nos tirábamos 4 o 5 horas sin hablarnos. Como ya he dicho, me sentía atrapada en aquel lugar, y mi única obsesión era que pasara el tiempo rápido para poder besar mi patria querida cuanto antes. Tenía hasta pesadillas por la noche. Para acabar de coronarlo todo, estábamos siempre solos, él y yo. No tenía con quién desahogarme y empecé a volverme loca. En aquellos largos periodos sin dirigirnos la palabra, yo discutía con él en mi cabeza. Me imaginaba a mí misma riéndome en su cara de su micro-problema. Me parecía que había descubierto América. POR FIN todo tenía sentido. Su prepotencia y chulería, su falta de personalidad, su inseguridad, su manera de caminar y de comer… ¡Todo es debido a que no tiene pene! Y entonces me hervía la sangre: ¿¿cómo se había atrevido a meterse en la cama conmigo con ESO??? Porque el chico está totalmente negado. No ve que tiene un grave problema. ¡Con razón nunca ha tenido novia en los 8 años que le conozco!
Cuando ya volví a casa, más relajada y contenta, investigué un poco sobre los micropenes. Clínicamente, se considera micropene al que mida menos de 7 cm. Mi apodo no podía haber sido más apropiado. En general, nunca me he fijado en el tamaño. Si bien Mr. Big era un caso especial que dudo que vuelva a encontrar, el resto de mis amantes siempre fueron, pues, “normales”. Incluso los asiáticos estaban bastante bien dotados. Pero lo de este tío no tenía nombre… Además, cuántas veces hemos criticado a esos “super-dotados” que van de chulos por la vida pensando que no hay mujer que se le resista. Pues os digo, amigas, que un “micro-dotado” chulo es mucho peor. ¡El otro al menos tiene motivos reales para chulear!
Obviamente no nos hemos vuelto a hablar. Yo no quise discutir en el viaje mientras dependiera de él que yo volviera a mi deseado país. Me daba miedo que yo afilara mi lengua demasiado y pudiera hasta pegarme. Nunca te puedes fiar de un hombre con claro problemas de autoestima. Es como un perro con miedo, cuya agresividad es impredecible e inminente. Además, me había tratado tan mal que dios sabe de lo que sería capaz…
Pues sí, así fue mi apoteósica entrada en el 2011. Estaba muy preocupada por lo que me pudiera deparar tal desgracia. Por eso me propuse celebrar tantas nocheviejas como fuera necesario para atraer la buena suerte. Y así llevo el mes de enero. Arruinadísima y con resacas dominicales. Pero no me arrepiento de nada. Porque aquel desgraciado me enseñó a valorarme más y la traumática experiencia ha hecho que quiera aprovechar mi vida. Ser feliz y sonreírle a esta mierda de destino que me putea constantemente.
Por un 2011 lleno de risas, alegrías, buenos momentos y muchos gofres de chocolate, aquí termino mi post de hoy. ¡Feliz año nuevo, señoritas!
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